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Bienvenido a la Vida
En mi grupo de amigos de Madrid hay dos parejas que están esperando su primer hijo. Unos están de cuatro meses y los otros están de siete. Ya sé que todo el mundo entiende lo que significa “están esperando a su primer hijo”, pero lo llevo pensando muchos días y no se me quita la emoción de que estén fabricando literalmente un ser humano. Una persona que a lo mejor gana el premio Nóbel de física o a lo mejor descubre una estrella nueva o que quizá trabaje en el cuerpo de bomberos y apague un fuego. Están fabricando a una persona que hará feliz a otras personas. De las que no te pasan indiferentes, con las que te ríes. Como sus padres para mí, claro.
Evidentemente, tal y como las convenciones sociales de nuestra cultura señalan, estoy ansiosa por hacerles un regalo. Pero no cualquier regalo. Yo quiero regalar algo a esa persona que vaya a serle útil de verdad en la vida. Ojala se pudiera regalar un frasco de paciencia, para que la usen cuando sus padres no sepan por qué llora. Estaría bien también que pudiera comprar una caja de valentía, para que cuando les toque nacer empujen valientes con su cabeza y salgan a respirar al mundo. O un camión de esperanza, porque mucha gente les dirá que el siglo XXI no es el mejor momento para hacer acto de aparición, que hay crisis, que a quién se le ocurre tener un hijo en estas fechas… como ya nos dijo el viejo Josep Mascaró.
Y entonces, justo en ese instante me doy cuenta de que no puedo regalarles algo así porque ya lo tienen. Tienen unos padres increíbles, personas con valores sólidos, con corazones de verdad, con entrega y entusiasmo en este nuevo proyecto que es tener un hijo. Nada puede salir mal. Así que, con cierta sonrisa de felicidad en la cara, me voy a Prenatal, a ver si encuentro un trajecito bonito o algo bonito que guste a sus padres, porque el bebé seguramente piensa como yo y lo que de verdad quiere es nacer de una vez y empezar a disfrutar la maravillosa aventura de la vida.
(Genial imagen de VladStudio)
La historia de cuando fui lesbiana
Una gran amiga mía está embarazada de algo más de diez semanas. Como hoy en día tenemos muchas opciones para decidir cómo, dónde y con quién queremos parir, pues está haciendo tours por diferentes clínicas y centros hospitalarios públicos y privados. Hace unas semanas me pidió que la acompañara para no ir sola.
Y a mí, que me encanta eso de hacer cosas nuevas, me pareció una idea excelente reunirme en una consulta llena de embarazadas. Fuimos juntas y el doctor nos recibió con bastante retraso, todo hay que decirlo. Se trataba de hombre mayor, con el pelo cano y las manos suaves: lo sé porque me la estrechó. Imaginé en ese momento que los hombres encargados de sujetar a un bebé de cinco segundos de vida tienen que tener las manos suaves por fuerza, eso y mucha inteligencia para no dejarlos caer.
Mientras a mi amiga le tomaban la tensión, yo me encargué de hacerle todo tipo de preguntas al médico. ¿Atenderá usted mismo el parto? ¿Le puede dar una crema para las estrías? ¿El último mes la verá todos los días? ¿Usted puede ver cuándo el niño va a nacer? ¿Qué opina de los partos inducidos? ¿Por qué hay que tomar tanto ácido fólico? ¿Por qué es peligrosa la toxoplasmosis? Aquel hombre era como la wikipedia de la fabricación de seres humanos, como el google de la generación de vida.
Terminamos la consulta y volvimos a darle la mano para salir. Y el doctor nos dijo un “¡hasta luego, pareja!” que sonó de lo mas natural. Iba a corregirle (espere señor doctor, que le enseñe una foto de mi marido, que es un hombre marrón muy guapetón) pero sólo sonreí y le dí las gracias. Y es que me parece muy bonito vivir en un mundo donde la gente asume con naturalidad que para tener un hijo ya no hace falta un hombre y una mujer y una semillita: solo hace falta un doctor de manos suaves y mucha inteligencia.
Que lo pongan en mi epitafio: viajera
Creo que si hay una palabra que me define bien y que debería estar presente en el epitafio de mi tumba y en la misa que hagan cuando me muera es viajera. Yo he nacido para viajar y es una de las cosas que más felicidad me aporta en mi día a día. No me importa el destino ni la duración del viaje; me da igual quedarme en un sitio cutre o tener que comer comida de supermercado. Yo quiero viajar.
Así las cosas, hoy comienzan mis verdaderas vacaciones de verano, y es que lo de Lanzarote fueron solo las “prácticas”. Esta madrugada salimos rumbo a Buenos Aires, donde comenzará un viaje por cuatro países que promete ser apasionante. Pisaré de nuevo Argentina para adentrarme en algunos lugares que no conocía antes de llegar. Veré las cataratas de Iguazú. Dormiré en Paraguay durante tres días. Volaré hasta Sao Paulo, en el mismísimo Brasil. Y terminaré la aventura en Montevideo. Casi un mes de recorrido lejano a todo lo que me es familiar.
Lo que más pereza me da, como siempre, es el trámite del avión. Esas 16 horas de encierro son aburridas y agobiantes. Afortunadamente no me da miedo volar y voy bien equipada: llevo un libro que ya he comenzado a leer y me tiene suficientemente enganchada, el netbook para ver alguna peli si no hay tele en los asientos del avión, un par de bocatas y mucha fruta (me niego a comer lo que las azafatas reparten, de ellas solo acepto el agua fresquita) y tapones de oídos para ver si duermo un poco.
Los más cercanos a nosotros recibirán las correspondientes postales de puño y letra. Los que no son tan íntimos podrán ir leyendo las crónicas del viaje en las entradas que espero poder publicar en este blog.
Y ahora, ¡¡que rueden las maletas!!

18 meses desde que me casé
El viernes pasado Arol y yo cumplimos 18 meses casados. Algunas personas se extrañan que celebremos el “año y medio”, pero creo que en el día a día nos pasan muchas cosas que no nos gustan, así que cuando toca una buena, hay que saborearla bien.
He encontrado una nota de prensa del INE (instituto nacional de estadística) en la que resumen muy bien algunos datos sobre las separaciones y divorcios en España. Los últimos datos son del 2009, pero aún así, es interesante. Por ejemplo, la edad media en la que se divorcian las mujeres es de 41 años y los hombres a los 44. Algo pasa en la década de los 40, que nos revoluciona. Por otro lado, la duración media de los matrimonios que se divorciaron era de 15 años (resulta un poco extraño que después de 15 años te des cuenta de que esa persona no es para ti, aunque supongo que tiene que ver con los cambios que sufrimos en nuestras aspiraciones a lo largo de la vida).
Todo esto me hace reflexionar y pienso que es posible que con los tiempos que corren sea cada vez más dificil asumir que terminaremos nuestras vidas con nuestra pareja actual. En la carrera, tuve una profesora de Psicología Sexual que nos decía que con el aumento de la esperanza de vida, es prácticamente imposible pensar que tendremos una única pareja hasta los ochenta y tantos años, porque las necesidades de las personas cambian a lo largo del tiempo. Ahora necesito a una persona viajera, que me acompañe a dar tumbos por el mundo, que disfrute con el teatro, la música, el cine, la cocina… pero ¿cómo seré yo dentro de veinte años más? Que nadie me malinterprete: no pienso en divorciarme de Arol, pero intento ser realista y tener al menos un pie en la Tierra y el otro… flotando

Pero hablábamos al principio de la entrada de saborear esos momentos felices que la vida te regala. Mi parecer es que hay que celebrar cada día las cosas buenas que nos acompañan, pero como casi siempre estamos demasiado ocupados, aprovechémonos de los sanvalentines, los aniversarios, el día del amigo, el día del perro, tu santo y la navidad. Lo que sea con tal de tener un gesto de agradecimiento y darnos cuenta así que nuestra vida es la caña y que tenemos más motivos para sonreír que para llorar. Es requisito imprescindible: si queréis ser felices, lo primero es ser conscientes de las cosas que te enfelizan.
Y todo este rollo con estadísticas y la-madre-que-lo-parió era en realidad para contaros que por nuestro aniversario y medio Arol y yo fuimos a un superrestaurante llamado Dassa Bassa que os recomiendo con toda mi efusividad y entusiasmo. No es de los más baratos pero merece la pena hacer un pequeño esfuerzo, porque el trato es inmejorable y la comida está buenísima. No son platos que comas todos los días en tu casa (efectivamente, en la carta no hay arroz a la cubana) pero había un gazpacho de sandía que todavía me sobreexcita las papilas gustativas, igual que el ajoblanco y los diferentes panes que nos pusieron para entretenernos.

Para los carnívoros, adelante con la carrillada; para los no carnívoros (mi caso) atreveos con la dorada rebozada en sésamo. Aquello estaba insuperable, igual que la tapioca con helado de chocolate.

¿Y si ahora celebro lo feliz que me hizo celebrar el aniversario y medio? ¡¡Estaría divertido!!
Nosotros y las fronteras
Mi relación con las fronteras siempre ha sido un poco extraña. Y de un tiempo a esta parte, es como si ellas lo supieran y estuvieran conspirando contra mí.

Aeropuerto de Barajas, a las 8 de la mañana. Arol y Miri hacen cola sonrientes porque se van a Brujas. Miri lleva su DNI, porque Bélgica está dentro de la UE. Arol lleva su NIE, donde dice que es familia de Miri.
Nos toca embarcar. Y la azafata entonces le pide el pasaporte a Arol. Solo hemos venido con el NIE, porque Bélgica es Europa. Arol empieza a ponerse serio y yo comienzo a entender lo que está pasando. No le quieren dejar embarcar porque es un extranjero sin pasaporte. Da igual que tenga la residencia por haberse casado conmigo y que yo esté viajando con él: sigue siendo extranjero.
Empezamos a explicarle a la azafata que se trata de un fin de semana, que no lo sabíamos, que cuando viajamos a París no se lo pidieron. Que perderemos el avión si vamos a casa a buscar el pasaporte. Que por favor, nos ayude. La azafata nos explica que si hay una crisis diplomática (justo ese fin de semana) y Bélgica decide salirse de la UE (en 48 horas), Arol no podría salir de Bélgica (increíblemente yo sí, a pesar de tener solo mi DNI). Intento ser empática. Le digo que entiendo que no es ni su error ni su problema. Le explico que no lo pone en el billete electrónico, ni en la tarjeta de embarque (ryanair sí lo pone, por cierto). Intento mostrarme adulta, madura y segura. Si cierran frontera este fin de semana, lo que ocurriría es que Bélgica le deportaría al país de origen, que es España, que es donde vivimos.
Al final, la azafata cede y me dice que va a llamar al comandante del vuelo para ver si bajo su responsabilidad deja embarcar a Arol. Vemos como realiza la llamada, como asiente, como nos mira, como vuelve a asentir. Cuelga. Y entonces nos dice que el comandante ha dicho que sí. Nosotros sonreímos aliviados y nos damos cuenta de que las fronteras nos tienen el mismo rencor que nosotros a ellas, ése que fue provocado por casi tres meses de doce mil kilómetros de miedo.
By the way: gracias, comandante.
Qué voy a hacerle,soy feliz.
Cuando visité todas sus casas esparcidas por Chile, Pablo Neruda me enseñó que lo más importante para componer una Oda no es ser poeta. Cuando lees sus odas (escribió muchas, tantas que a veces me pregunto por qué no hizo una Oda a las odas) te das cuenta que lo verdaderamente importante es la pasión desmedida por aquello que las protagoniza.
Me gusta especialmente una que escribió para “el día Feliz”, que comienza diciendo algo así…
ODA AL DÍA FELIZ
ESTA vez dejadme
ser feliz,
nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Qué voy a hacerle, soy feliz.
(…)
Muchas veces me siento feliz y sorpresivamente la gente me pregunta qué me ha pasado para estar tan contenta, tan feliz. A veces les respondo que “nací así”, pero me gusta más cómo lo dice Pablo. Qué voy a hacerle, soy feliz.

Lo llevo en la sangre…
Hay cosas que tardan
Quizá es porque estamos acostumbrados a la filosofía de lo inmediato: todo lo tenemos y lo queremos ya. Quiero contarte YA esto que estoy pensando, por eso tengo un móvil. Quiero comprarme YA estoy que estoy viendo, por eso existen las tarjetas de crédito y débito. Quiero tener YA una casa de doscientos mil euros. Por eso existen las hipotecas. Quiero calentar YA un café. Por eso tengo un microondas.
Hemos ido inventando, poco a poco, una serie de accesorios y herramientas que nos ayudan a tener lo que queremos YA. Filosofía de la inmediatez. También por eso, supongo, existen las dietas milagro: para perder YA los kilos que sobran o que no me gustan.
Pero inevitablemente, hay cosas que tardan. Yo misma llevo dieciséis meses yendo semana sí, semana no al dentista para terminar de solucionar el desastre de años. Lo mejor es que nadie me nota nada: tengo que señalar dónde están los cambios. También llevo siete meses haciendo una dieta que no tiene nada de milagro: el único hecho mágico es que intenta inculcarme son nuevos hábitos buenos. Mi media es de un kilo doscientos de bajada… al mes.
Hay cosas que tardan. La que más tarda, es desarrollar la paciencia. Esa me va a llevar toda una vida.

Año Nuevo = Mudanza de Nuevo
No falla. Debe ser el culo inquieto (heredado por parte de abuela), debe ser que si me aburro me lio la manta a la cabeza. Como lo de Assange ya no me llena (nunca me llenó, ni siquiera para hacer una búsqueda de mi opinión personal sobre el tema) pues me he dedicado a preguntar a los porteros si tenían algún apartamento para enseñar. Y vaya si había. Hay.

¿Y eso de llevar la casa a cuestas, cómo es?
La cuestión es que el año pasado, justo antes de las Navidades, hicimos (demasiado deprisa) una mudanza. De mi ya casi olvidado piso compartido a nuestra casa de la Plaza Mayor de Madriz. He vivido durante un año en el centro del centro: el kilómetro cero éramos yo y mi ombligo. Preciados, el patio de mi casa. El Palacio Real, la cocina de los desayunos.
Vivir en Puerta del Sol tiene muchas cosas buenísimas y creo que cualquiera que se haga llamar “madrileño” debería pasar por una experiencia así. Pero también tiene cosas no tan buenas, no tan positivas: todo cuesta un 30% más que en cualquier otro barrio de Madriz. ¿Quieres mandarinas? Sí, a 2 euros el kilo. ¿Quieres una barra de pan? Por supuesto, a 85 céntimos la barra. Hasta los míticos chinos son más caros por la zona de Sol que en cualquier otro barrio de Madriz.
Se me ha pasado la fiebre del centro de ciudad. Nos mudamos, esta vez a Plaza de Castilla, un lugar que me trae muy buenos recuerdos. La mudanza ha sido decidida en función a cuatro pilares básicos: la calefacción central (he pasado la peor ola de frío polar en un ático sin calefacción, con un temperatura de 10 grados dentro de casa), la bajada en el precio del aquiler (pasamos de 850 a 800, que no está mal), el portero las 24 horas del día (una se ha cansado de ir a correos a por paquetes) y la abundancia de armarios (compartíamos un miniarmario de 3 puertas cuya falta de espacio me tenía hasta las narices).
Estoy inmnersa en cajas, precintos, y como siempre aprovechando para hacer limpieza general. No me puedo llevar ni un solo mueble de los escogí con mucho esmero y cariño hace menos de un año para decorar mi casita; pero los he puesto a la venta en varios canales de la web para que algún afortunado se los lleve baratísimos e impecables. Me he currado unas fotos que tienen a medio Madriz en vilo, esa alfombra roja os prometo que cautiva tanto que dan ganas de hacerse un vestido de noche con ella para atraer todas las miradas. En cualquier caso, el rojo dejará de ser el color de mi casa, pero no se preocupen, estamos trabajando en darle “el toque” a la nueva vivienda.

Mi primera cana
Tengo 28 años y 8 meses. Hasta ahora, no tenía ni una cana. Pero el otro día, mientras me peinaba, descubrí un pelo que brillaba un montón. Empecé a intentar aislarlo y cuando lo conseguí, lo agarré fuerte y fui corriendo a preguntarle a Arol si él creía que era una cana o simplemente un pelo plateado y mágico que me daría súper-poderes o algo así.
Los dos coincidimos. Es un pelo de los que te dan súper poderes. Lo malo es que sólo entra en funcionamiento de forma acumulada: tienes que tener muchos para que los superpoderes se manifiesten. ¿No sabes a qué superpoder me refiero? Evidentemente, a la sabiduría. Cuál va a ser si no!
Genial Maitena, por cierto…
La Vejez
Pensaba yo el otro día en los indicadores que a veces, se asoman a nuestras vidas, para recordarnos que somos un poco más viejos. Algunos de los ejemplos más fáciles son las arrugas, las canas, o los ardores de estómago.
Pero hay ejemplos mucho más rebuscados y extraños. Hoy os traigo la historia de cuando la abuela de Mirichán descubrió que ya no era tan joven.

Güeli, caminando hacia delante
Mi abuela, como muchos ya sabéis, es una moza asturiana de 72 esplendorosos años. Siete hijos y dos enviudamientos no han dejado muchas marcas en ella, que sigue desenvolviéndose sola para absolutamente todo. Hasta para echarse un novio.
La cuestión es que de un tiempo a esta parte, mi abuela está haciendo pequeñas cosas en su casa. No son reformas: son actos mucho más sutiles: quitar el antideslizante de debajo de las alfombras y directamente sujetarlas al suelo con chinchetas, dejar de ponerse tacones y utilizar zapatos bajos, cambiar su fabulosa bañera por un plato de ducha.
Ella no sabe que yo lo sé, pero he entendido que mi abuela tiene miedo a caerse, porque sabe que sus huesos probablemente ya no son los que eran. Porque percibe que su cuerpo no le responde como antes. Es el proceso natural de envejecimiento, un paso más dentro del ciclo naces-creces-terreproduces-mueres.




