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Viajando en Septiembre: Liverpool
A Arol no le gusta ser el centro de atención (salvo cuando está en ambientes de mucha confianza) y por eso, no le gusta que llegue el día de su cumpleaños. Se siente incómodo en medio de tantas felicitaciones, besos, abrazos y bromas respecto a su edad. Pero, queramos o no, los cumpleaños llegan igual de puntuales siempre, y el 25 de Agosto de 2011 no perdonó: Arol cumplió treinta y tres. Lo tengo hecho un chaval.
Como regalo de cumpleaños, pensé en una edición antológica de discos de los Beatles (su grupo favorito de siempre) pero después de reflexionarlo desde mi nueva perspectiva minimalista, descarté la idea: basta de acumular pertenencias materiales; vamos a regalarnos cosas que nos dejen patidifusos, estupefactos y sin palabras. ¿Antología de los Beatles? ¿Para qué? Mejor le regalaba un viaje a Liverpool y le llevaba a los lugares donde ellos nacieron, crecieron, se conocieron y tocaron por primera vez.
Mejor participar en la antología que comprarla.
Así que aprovechando que el 9 de septiembre era fiesta en Madrid, cogimos las maletas de mano y nos montamos en un avión de Easy Jet. Y menudo fin de semana. ¿Que en la antología está el tema de Penny Lane? Me parece perfecto, pero nosotros estuvimos allí, paseamos la calle de arriba a abajo y vimos todas las cosas que nombra en la letra. ¿Que tu favorita es Strawberry Fields? Mira por donde, yo ví el parque que da nombre a esa canción y ahora entiendo mejor eso de “Strawberry Fields forever”. ¿Que pierdes las bragas por Ringo? Yo también y estuve en la casa donde nació. ¿Tu favorito es Paul? También sé donde vivió (y eso que cambió mucho de casa!). ¿Brian Epstein, el hombre que hizo a los Beatles? Nosotros nos alojamos en el hostel que tiene su hijo, con materiales inéditos de la banda en las paredes. ¿The Cavern? Mira por donde, Arol hasta sirvió una caña detrás de la barra y por supuesto, vimos un concierto allí.

Si a alguien le gustan los Beatles, mi sugerencia es que venda todos los discos y se vaya a Liverpool un finde. Tanto acumular cosas materiales en la estantería del salón, se nos está llenando la vida de polvo.
Viajar lowcost no es solo elegir una aerolínea
Una compañera de trabajo ha pasado las vacaciones con su familia (son cuatro en total) en San Francisco. Tres semanas en la ciudad del puente rojo. Cuando me contaba todas las cosas que habían hecho y las maravillas de su viaje, no pude evitar preguntarle: ¿pero cuánto dinero os han costado las vacaciones?
Me encanta viajar, pero si no tienes cuidado y rebuscas bien los alojamientos, la organización de las comidas y otros detalles (souvenirs, etc.) te puede costar un dineral. Soy una viajera avanzada, y llevo a cabo todo tipo de trucos para reducir costes: en viajes “largos”, hacemos al menos una comida comprando víveres en supermercados locales. Además, me encanta pasear por los supermercados de los diferentes países viendo qué comen y cuánto cuestan las cosas!!
(deliciosa manzana que me sirvió de merienda en Brujas!)
Por otro lado, solemos escoger alojamientos que tienen el desayuno incluído (aunque sea un miserable café y un trozo de pan). No sólo porque a veces desayunar fuera es caro (hay ciudades donde un café con leche tiene un precio vergonzoso) sino porque también tengo que pensar en la exitosa sección de desayunos de este blog!!
También me informo antes de llegar sobre cuánto cuesta el transporte público y si hay abonos o pases de varios días para moverme mejor por la ciudad. Ya soy famosa por haberme negado a pagar 4 libras por un ticket de metro en Londres, pero hay cosas que simplemente, son inaceptables y que una persona terca y cabezota como yo se niega absolutamente a pagar.
Por último pongo en Google eso de “discounts” para ver si hay descuentos para entrar a los monumentos o museos importantes. No subestiméis esta opción si vais a estar varios días viajando y tendréis tiempo entrar a los lugares de interés turístico, porque muchas ciudades los tienen, como es el caso de los descuentos 2×1 para Londres!)
Incluso con todas esas precauciones y trucos del almendruco, viajar sigue siendo mi vicio más caro. Menos mal que es el único y que es la hipoteca que he escogido para pagar el resto de mi vida. He decidido comprarme el mundo, aunque sea mediante estancias cortas. ¿La escritura? ¡¡El pasaporte!!
Volviendo a Madriz…
Siguiendo con las anécdotas made in London, y ya para terminar, hoy os contaré la anécdota que nos sucedió al volver al aeropuerto. Salíamos de Stansted (es lo que tiene volar con las lowcost) y habíamos decidido coger el tren Express, que tarda 45 minutos (la mitad que el bus) y cuesta… el doble. Cogimos el metro para bajarnos en Liverpool Station y una parada antes (una!!) nos dicen que no hay metro. Que hay que coger un bus.
Cogemos un bus sustitutivo y nos acerca, pero no nos deja en Liverpool. Así que miramos el mapa y vemos que atravesando una calle que se llama Middlesex, llegaremos sin problema. En el mapa la calle era “así” de pequeña. Caminamos y nos metemos en medio de un mercadillo. Era imposible con las maletas, prácticamente íbamos gritando excuse me excuse me para que se apartaran y nos dejaran pasar. Aquella calle no se terminaba nunca y el mercado tampoco. Sujetadores, zapatos, bolsos, pintalabios, lo que te imagines, todo estaba allí.
Al final llegamos a Liverpool, pero ni rastro de la estación de nada. Me acerco a un señor de seguridad que estaba delante de un edificio grande y el buen hombre nos da sus indicaciones. Un poco más adelante, solo dos minutos. Caminamos y llegamos a la estación.
Decidimos que Arol se quedaba devolviendo las tarjetas Oyster (con el correspondiente refund de 10 libras) y mientras yo iba a comprar los billetes para el tren. Me acerco a la máquina y una señora me pide ayuda para comprar los suyos. La ayudo. Me pongo a comprar los míos y luego se acerca un chavalín, que me dice que me vende dos vueltas para Stansted. Que me las deja rebajadas. Dos vueltas cuestan 21 libras cada una, él me las deja por 15. Le miro de arriba abajo y le dijo que si los billetes son una estafa, arderá en el infierno. Se ríe y me los da para que los revise: todo parece normal a excepción de una cosa: los billetes tienen nombre. Uno es para el Dr. Smith y el otro para Miss Pattel. Me dice que no me preocupe, que nunca los miran. ¿Y si sí?
Decido correr el riesgo y le doy 30 libras al chavalín. Vuelvo con mis billetes a por Arol, que no se extraña nada al oir la historia: ya lo tengo acostumbrado a que me pasen cosas inverosímiles. El tren sale en un minuto, así que corremos como locos, como si aquello fuera el fin del mundo y sólo pudiéramos salvarnos cogiendo ese tren. Al final lo cogemos, pero tarda quince minutos en salir: a veces parece que la vida se ríe de mi.
Arranca el tren. Aparece el revisor. ¿Y si nos pide identificaciones para demostrar que somos Smith y Pattel? Me siento como una espía y preparo mi sonrisa más sexy para seducirle y que haga una excepción. Justo ahí me doy cuenta de que lo sexy no es lo mío, es una suerte tener ensayada la carita del gato con botas de Shrek.
Le damos los tickets. Hace un tachón con el boli y nos los devuelve. Soy una estafadora profesional, nada me puede parar.
Llegamos al aeropuerto y nos ponemos a la cola para el control de pasaportes, luego para el control de seguridad, luego para la puerta de embarque. Y entonces conocemos a un chico de Dusseldorf que dice que “reza oraciones por la gente” y que reza por ti poniéndote una mano en la cabeza. Arol y yo flipamos en colores y una madre y una hija le siguen el rollo y le dejan que le toque la cabeza a la madre. Yo me limito a evitar el contacto ocular con el iluminado, no sea que quiera rezar por mí.
Esa noche me fui a la cama repasando mentalmente mi vida: soy una estafadora profesional que después de caminar por Middlesex conoció a un iluminado. Cada vez me cuesta más superarme, pero no os preocupéis, que lo conseguiré.
La historia de cuando escuché la Mejor Misa Gospel
Había pensado en escribir varios posts hablando de mis monumentos preferidos de Londres. Que si Tower Bridge, que si Big Ben, que si el barrio de Camdem. Pero como este blog es frecuentado por lectores de lo más cosmopolita, y buena parte de ellos ya habrán visitado la City, he decidido que mejor me dedico a contar las anécdotas que nos ocurrieron en nuestros tres días de periplo.
Como por ejemplo, la Historia de cuando escuché la Mejor misa gospel.
Hace dos años viajé a Nueva York y uno de los objetivos del viaje era escuchar una misa gospel. Fracasé, porque tuve la mala idea de seguir las recomendaciones de la guía; y me fui a la Iglesia más turística, donde me trataron como a una mierda. Una terrible decepción. Intenté arreglarlo yendo a una iglesia más normal de Harlem, y si bien fue cierto que el ambiente era mejor, la calidad del gospel tampoco deslumbraba. No fueron experiencias para recordar.
Me reafirmo en la idea de que no sirve de nada buscar activamente ese tipo de cosas especiales e inéditas. La misa gospel que yo quería vivir era tan mágica que, como la mayor parte de las cosas mágicas, ella tenía que encontrarme a mi. Y lo hizo un domingo cualquiera, caminando por Regent Street en Londres. Una Iglesia arquitectónicamente interesante se nos apareció y ríos de gente entraban en ella. Ni cortos ni perezosos, Arol y yo decidimos entrar, a ver qué pasaba. Y resultó que era una iglesia “All Souls”, perteneciente a la corriente anglicana y evangélica (también conocidos como protestantes anglicanos).

La misa fue genial. No solo porque nos dieron la bienvenida con grandes sonrisas, sino porque el pastor dio las gracias a todos los turistas (había algunos más despistados como nosotros) por unirse a ellos en la eucaristía. Les gustaba que estuviéramos allí. Y había un coro, y unos cuantos instrumentos de música (flauta travesera incluída).
Nos dieron un programa y nos dejaron sentarnos donde quisimos. Cantamos, ¡¡si me vierais cantar desafinando, leyendo las letras e improvisando un poco el ritmo de las canciones!! Escuché el sermón, en el que hablamos del perdón. Y luego el pastor y su ayudante nos despidieron en la puerta, nos dieron las gracias por haber ido, y hasta me llevé un cómplice guiño.
En vuestras visitas a Londres, id a la Iglesia de Langham Place. Os estoy regalando una experiencia mágica. Y si no quedáis satisfechos os devuelven el dinero… ¡¡ah no, que es gratis!!
(Imagen obtenida de aquí)
Viajando en Julio: Londres!
Seguimos con la buena racha de un viaje al mes. Hemos aprovechado un “finde largo” y nos hemos ido a Londres. Me encanta esa ciudad, así que reconozco que no me importó nada “repetir” para enseñársela a Arol., además de que una revisión siempre viene bien ya que hace tres años que yo la visité. Sólo teníamos dos días completos para recorrerla, pero somos unos bestias: al final caminamos algo más de sesenta kilómetros, en algunos momentos me parecía aquello el “Caminou de Santiagou”.

Volamos con la lowcost de turno y los billetes que al principio parecían baratos se convirtieron en bastante caros: culpa mía, que me equivoqué (todavía no sé cómo) con las fechas de vuelta y compré los billetes mal. Y con Ryanair te los comes con patatas.
Pero cuando pasan estas cosas te quedan dos opciones: seguir flagelándote y hacerlo durante todo el viaje o ponerte una pinza en la nariz para que tu propia cagada no te arruine lo que puede ser un viaje memorable.
Evidentemente, yo escogí la segunda opción: eso y un programa intensivo de ahorro por el cual no cogimos apenas el metro (para ir a Stansted y poco más), sólo comimos la comida del B&B y de supermercado y por supuesto, nos quedamos en el sitio más barato de toda la ciudad: el Hostel Regina, un sitio que por 30 libras diarias nos dió cama, desayuno y una comida. Y encima situado en Gloucester Road, que para los que no conozcan Londres, está al lado de Hyde Park, el Museo de Ciencias Naturales y el Albert and Victoria Hall.
No es lo más lujoso pero es muy recomendable. Te dan el mítico English Breakfast para desayunar y una comida, casi siempre consistente en cosas fritas y verduras hervidas. Está claro que no es la primera opción, pero para presupuestos ajustados, es conveniente.
Santillana del Mar

Pídele a cualquier cántabro que te diga lo primero que se le venga a la cabeza sobre Santillana del Mar. Sin pestañear te dirá: “no es santa, no es llana y no tiene mar”. Pero aún así es un lugar precioso, una de esos pueblecitos por donde parece que el tiempo no ha pasado. Calles empedradas, casas de piedra con los correspondientes blasones de cada familia, la colegiata, el fantástico parador…
La visita a Santillana me hizo reflexionar sobre los escudos familiares. Me da pena que se hayan perdido, deberíamos retomarlos y colgarlos de la ventana o llevarlos de fondo de pantalla en el smartphone. Al fin y al cabo es nuestra familia, son nuestras raíces. Me acuerdo de cuando aquel jefe escocés que tuve vino a la oficina vestido con un kilt para celebrar la exitosa finalización del proyecto de fusión; no os podéis imaginar cómo de emocionado me explicó que el estampado a cuadros de su kilt era por su familia, venía de la familia de su abuela, y sólo los de esa familia lo debían llevar. A mi me parece precioso, pero cuidado, que soy una antigua.
Muchos turistas van a ver Santillana y por eso las tiendas de souvenirs florecen en cada calle. Nosotros aprovechamos para comprar una camiseta para Arol, ya que es nuestra tradición tener una camiseta de cada viaje (con el nombre del lugar, “Cantabria” en este caso) y además, compramos unos sobaos y una quesada pequeña. Las dos cosas tienen sabores inconfundibles que son imposibles de imitar. Y son mucho más que desayunables.
Yo también aproveché y me compré un bolso de cuero. Mi bolso favorito, del tipo “crossbody” (de cruzar en diagonal tu cuerpo) ya estaba pelándose y completamente deformado después de cinco años de uso. Quiso la casualidad (o el destino) que encontrara en Cantabria uno exactamente igual pero en color marrón y no me lo pensé. Además, es de cuero y está hecho a mano. Un bolso con denominación de origen, que tiemble Luis Vuitton!

Cantabria, cantábrico
A pesar de que íbamos poco tiempo a Cantabria, decidimos no quedarnos solo con Santander y recorrer un poco de la provincia. Nos interesaba ver con nuestros propios ojos esos rincones que están un poco alejados pero que merecen la pena. Este post tiene poco texto porque a veces, no hay palabras para describir sensaciones y emociones que te atraviesan cuando tus retinas te enseñan estas imágenes.


Aquellos de vosotros que hayáis viajado y que hayáis podido ver otros mares y océanos (como el Mediterráneo de Valencia, el Oceano Atlántico que se ve desde Portugal o Galicia; el Pacífico de Chile, el Mar Negro que asoma en las costas de Rumanía) entenderéis lo que intento transmitir al decir que el Cantábrico tiene algo especial. Es un mar con carácter de océano. Tiene su propio olor, su propio color y por supuesto, su propia temperatura.
Desayuno en el Abba Santander
No bromeo cuando digo que lo primerísimo que miro de un hotel, hostal, bed and breakfast o albergue es si ofrecen desayuno (aunque haya que pagarlo aparte) y en qué alimentos consiste. No me gusta nada eso de levantarme, ducharme, arreglarme y tener que ir hasta otro lugar para desayunar: yo quiero desayunar en el mismo edificio donde duermo; porque si no los desayunos me parecen menos desayunos. Vamos, que casi me parecen aperitivos y estoy por pedirme un vermouth a las siete de la mañana.
En Santander nos alojamos en el Abba Santander. Y creo que después de la mala experiencia de Barcelona (donde nos alojamos en el Eurostars Barcelona Design, un supuesto hotelazo de cinco estrellas que no nos gustó en absoluto, una historia que os contaré en otro post) hemos quedado encantados con este Abba.
Es un lugar acogedor por dentro sin caer en los lujos excesivos e inútiles. Prestan atención a las cosas que realmente importan:
- una buena cama (de 2 x 2),
- unas almohadas extras en el armario de la habitación (para los que soñamos por todo lo alto),
- unos amenities que cubren todas las necesidades (cepillos de dientes, maquinilla desechable de afeitar, crema hidratante…). A veces parece que los únicos que no se enteran de las restricciones de los equipajes de mano son los hoteles. En el Abba tenían dos botes de medio litro de champú y jabón instalados en los azulejos de la bañera, con lo que no hemos tenido que racionarnos la cantidad que usamos cada uno en la ducha porque solo hay el minibotecito de jabón (que sinceramente, a mí no me llega para un lavado completo de cabeza).
En cualquier caso, de desayunos iba el post. Como ya casi todos los hoteles, el abba ofrece un desayuno buffet. Si no te hospedas en el hotel, te costaría 13.50 euros. Es un precio un poco desproporcionado porque el buffet que presentan es bastante sencillo; pero si lo llevas incluido en el alojamiento está bien.

(Me encanta el detalle de dejar una notita diciéndote que te desean un buen día)
Lo bueno de los desayunos buffet es que si estás aprendiendo a comer sano (como es mi caso) tienes muchas opciones que te permiten no caer en los croissants o en las tostadas con mantequillorra. Como por ejemplo fiambre de pavo con un “paso de cebra de queso de burgos”, un buen par de tazas de café con leche y un poco de fruta.

Cantabria Infinita
Ya os decía que nuestro propósito es hacer un viaje, grande o pequeño, una vez al mes. En el mes de Junio la elección ha sido Cantabria: pasamos el fin de semana pasado dándolo todo por la ciudad de Santander y algunos pueblos de alrededores. No hace falta que os explique lo que me encanta el norte de España: yo veo una montaña, o una playa con un buen acantilado… y ya estoy convencida.
En este viaje hemos tenido además la suerte de contar con una guía excepcional. Uno de esos servicios VIP, donde una persona “nativa” del lugar te lleva a ver los rincones más especiales del lugar. Un profesional experto, con su correspondiente diplomatura en Turismo, con un máster y gran conocimiento de la materia viajeril. Pero sobre todo, de una amabilidad y consideración destacables, preocupándose de que Arol no se maree por las curvas de las carreteras secundarias, de encontrar tiendas de camisetas de Cantabria a la altura de nuestras exigencias, de hacernos fotos totalmente profesionales en los lugares más destacados, incluso de llevarnos de degustación gastronómica a casa de una familia local, que nos trataron como si fuéramos de casa.
Ay Meli, qué haríamos sin ti!
Ha dado para muchas aventuras y cosas que contar, así que como suelo hacer, lo narraré en varios posts. Puedes leerlos todos o puedes leer solo uno. Pero yo los leería todos, porque nos pasaron historietas muy curiosas.

Nosotros y las fronteras
Mi relación con las fronteras siempre ha sido un poco extraña. Y de un tiempo a esta parte, es como si ellas lo supieran y estuvieran conspirando contra mí.

Aeropuerto de Barajas, a las 8 de la mañana. Arol y Miri hacen cola sonrientes porque se van a Brujas. Miri lleva su DNI, porque Bélgica está dentro de la UE. Arol lleva su NIE, donde dice que es familia de Miri.
Nos toca embarcar. Y la azafata entonces le pide el pasaporte a Arol. Solo hemos venido con el NIE, porque Bélgica es Europa. Arol empieza a ponerse serio y yo comienzo a entender lo que está pasando. No le quieren dejar embarcar porque es un extranjero sin pasaporte. Da igual que tenga la residencia por haberse casado conmigo y que yo esté viajando con él: sigue siendo extranjero.
Empezamos a explicarle a la azafata que se trata de un fin de semana, que no lo sabíamos, que cuando viajamos a París no se lo pidieron. Que perderemos el avión si vamos a casa a buscar el pasaporte. Que por favor, nos ayude. La azafata nos explica que si hay una crisis diplomática (justo ese fin de semana) y Bélgica decide salirse de la UE (en 48 horas), Arol no podría salir de Bélgica (increíblemente yo sí, a pesar de tener solo mi DNI). Intento ser empática. Le digo que entiendo que no es ni su error ni su problema. Le explico que no lo pone en el billete electrónico, ni en la tarjeta de embarque (ryanair sí lo pone, por cierto). Intento mostrarme adulta, madura y segura. Si cierran frontera este fin de semana, lo que ocurriría es que Bélgica le deportaría al país de origen, que es España, que es donde vivimos.
Al final, la azafata cede y me dice que va a llamar al comandante del vuelo para ver si bajo su responsabilidad deja embarcar a Arol. Vemos como realiza la llamada, como asiente, como nos mira, como vuelve a asentir. Cuelga. Y entonces nos dice que el comandante ha dicho que sí. Nosotros sonreímos aliviados y nos damos cuenta de que las fronteras nos tienen el mismo rencor que nosotros a ellas, ése que fue provocado por casi tres meses de doce mil kilómetros de miedo.
By the way: gracias, comandante.
(deliciosa manzana que me sirvió de merienda en Brujas!)



