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Viajando a Lanzarote

La primera parte de nuestras vacaciones de verano consistía en un viaje de una semana en Lanzarote junto a dos buenos amigos. Por si hay algún despistado entre los lectores, aclararé que se trata de una de las islas que forman el archipiélago canario, y se encuentra a unos 150 kilómetros de la costa africana. A pesar de que es una isla bastante pequeña, tiene muchas cosas que ver, así que la mejor opción es alquilarse un coche y rodar y rodar.
Para alojarse muchas personas escogen Playa Blanca, en el sur de la isla. Si bien esta zona tiene las calitas más bonitas y de agua más cristalina, nosotros escogimos Puerto del Carmen, que también tiene playas aunque son más grandes y menos tranquilas. Desde mi punto de vista, fue un completo acierto, ya que Puerto del Carmen está mejor situado para recorrer la isla en menos tiempo. Hay una gran oferta de apartamentos que están completamente equipados y lo más importante, cuentan con piscina para un chapuzón rápido. Por supuesto, hay muchos supermercados y tiendas de lo más variopinto, además de tener el aeropuerto cerca (el taxi desde Puerto del Carmen al aeropuerto nos costó unos 11 euros).
He disfrutado mucho en esta semana de vacaciones y he hecho muchas cosas muy divertidas. Así que ahora voy corriendo a poner una lavadora y a empezar a descargar fotos y vídeos para contaros muchas, muchas cosas. Como viene siendo habitual en este blog, no me pararé a describir los sitios turísticos que vienen en cualquier guía: es mejor que os descubra secretos y os cuente anécdotas… porque para qué engañarnos; al final es lo que se recuerda de los viajes de la vida.
Foto: Arol, como siempre.
Desayuno Indulgente
Los lunes de Agosto en los que tienes que ir a trabajar son muy duros, porque todo el mundo te recuerda que todos están de vacaciones menos tú. Por ejemplo, echas de menos ciertas caras en el autobús. Tu oficina está desierta. El teléfono suena poquísimo. Los mensajeros ni aparecen.
No es una queja, nada más lejos de la realidad. Me quedo Agosto en Madrid frotándome las manos para lo que me espera cuando todos sólo conserven el vago recuerdo de lo que fue el verano. Y mientras tanto, me automotivo con desayunos tan indulgentes como este.

Delicioso gofre con azúcar glass espolvoreada por encima (a la generosa) y un batido de plátano que parece mentira que solo lleve leche y un plátano. Por si acaso me apeteciera reviciar, dejo caer como quien no quiere la cosa que ese botecito es de mermelada de fresa de la que no es light, es decir, con toda la azúcar posible para el desayuno de los campeones… que deciden trabajar en Agosto!
Protagonistas de mi piscina
Este sábado, Arol y yo fuimos en la piscina. Como cada vez que vamos, nada más llegar estiramos la toalla y nos sentamos un ratito para que se absorba bien la protección solar, el cuerpo se aclimate, y veamos cómo está el panorama. Este verano hemos ido tantos días que ya tenemos algunos “conocidos”, que he decidido llamar los “protagonistas de mi piscina”, una especie de actores secundarios que se convierten en caras familiares según van pasando los episodios:
- la madre pelirroja que tiene dos niños pequeños (se convirtieron en protagonistas de la piscina cuando el menor de ellos salió a toda velocidad del agua afirmando que necesitaba ir al baño porque “mamá, me estoy cagando”; y la madre le dijo que fuera el baño después de repetirle decenas de veces que por favor, se limpiara bien. Al final decidieron que el hermano mayor le acompañara, el mismo hermano que minutos antes le aconsejó que no pusiera mucho interés en limpiarse porque “total, si luego te vas a volver a meter en el agua”),
- el señor mayor que tiene un hijo con síndrome de down y que son la ternura personificada, paseando de la mano alrededor de la piscina y con una conversación de lo más animada,
- el señor de los pellejos, que está delgadísimo pero pellejos de carne le cuelgan por el cuerpo como si hubiera perdido cuarenta kilos en un mes;
- …y la abuela que hace topless, protagonista principal de la historia que nos acompaña hoy.
La abuela que hace topless es una señora de unos sesenta y seis años que llega con su vestido playero y su bolsa de piscina. Extiende su toalla, coloca el bolso a la sombra y chas, se quita el vestido dejando a la vista un precioso bikini blanco con fresas estampadas. Y entonces, saca su protección solar del 4 (del 4!) y se pone crema.
Lo siguiente que hace es tumbarse en la toalla y chas, quitarse la parte de arriba del biquini. No se la vuelve a poner en todo el día, y se pasea, se baña, se va a la ducha… en topless. En algún lugar de mi inconsciente, he descubierto que los cuerpos desconocidos desnudos me perturban, así que intento no mirarla y estar a lo mío: que si mi libro de Angeles Caso, que si me voy a bañar… Pero el sábado pasado fue imposible, porque mientras yo comía un melocotón tan ricamente la abuela del topless empezó a hablarme. Como quien no quiere la cosa, tuve una conversación sobre las prohibiciones de la piscina (está prohibido comer, pero no fruta o helados), cómo los bocadillos atraen a las hormigas, y lo bien que se está pasando el día a remojo.
Una conversación con una señora de sesenta y seis años que me miraba y se dirigía a mí llevando solo unas braguitas blancas con fresas estampadas.

Con estos ojos nos quedamos Oslo y yo…
Las primeras sandalias del 2011
Este fin de semana pasado hizo tan tan tan buen tiempo que cuando pasé por una zapatería que valientemente ya tenía las sandalias puestas en el escaparate; no lo pude evitar.

Señoras, señores: me he comprado las primeras sandalias del 2011. Nada excéntrico ni espectacular: de piel, fabricadas en España, negras, abiertas por delante y por detrás y con una buena suela que me amortigüe las irregularidades del suelo al caminar.
Debe ser por los años que ya llevo pateando por ahí, pero cada vez resisto peor los zapatos malos: recuerdo con nostalgia esas bailarinas de 9 euros que me compraba en Blanco, que en vez de suela tienen una lámina de pasta filo que hace que los pasos de cebra para ciegos sean la peor tortura posible.
¿Y aquellas otras del chino de tu barrio, que olían tanto a plástico que cuando te las ponías y hacía calor parecía que te habías envuelto el pie en film de cocina?
Me estoy volviendo una señoritinga. Yo, que he pasado veranos enteros en Valencia con unas simples hawaianas de un euro en el mercado del Cabanyal. Llegaba a resecárseme el espacio entre el dedo pulgar y el índice del pie por no ponerme otro calzado en meses.
Y ahora, aquí me tenéis: dando prioridad al espesor de la suela de las sandalias por encima de cualquier otra cosa. ¿Qué será lo próximo? ¿Dejar de ponerme ropa interior con costuras? Diosnoloquiera!
Sinfonía de Verano #1
El verano es una estación que suele ocupar los favoritos de mucha gente. Que si el buen tiempo, que si los helados, que si las vacaciones. Por el contrario, mi estación preferida es la primavera; aunque como sibarita de la vida, sé apreciar lo bueno de cada momento.
Hoy inauguramos un monográfico de porqué el verano me gusta también un poco y empezamos con uno de las costumbres más tradicionales veraniegas: las postales.

Me encanta desayunar, pero hacerlo como véis en la foto es un plus: un buen café, una tostadita y una preciosa postal que alguien se ha tomado la molestia de enviarme desde Alemania. La leo, la releo y escudriño las imágenes como si estuviera buscando a Wally. Aunque, todo sea dicho, nunca lo encuentro
Que la gente ya no escribe no es nada nuevo. Sms de 160 caracteres y twitts de 140. Escribir lo menos posible es más. Afortunadamente, seguimos quedando algunos con el famoso callo en el dedo corazón que simboliza la vida eterna de la pluma estilográfica.



