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Lo confieso: soy tía abuela.
Mi sobrina-nieta es una niña preciosa de apenas dos añitos que se llama Bianca. Le encanta comer casi cualquier cosa, pintar con témperas y durante todos los días que he pasado con ella, nunca la he visto llorar.
Sus padres, Ale y Daniela, tienen 23 años y son mis sobrinos. Pero no son los únicos que tengo: está Marce, Ezequiel, Nayla, Santiago, Agustín, Gonzalo y Lautaro. La segunda etapa del viaje ha consistido en pasar una semana con la familia de Arol, que es mi familia política. La mayoría de ellos nunca antes había visto a un español, así que los niños me hacen preguntas de lo más extrañas: Tía, ¿en España vas a la cárcel si dices malas palabras?
Todos ellos viven en una ciudad del norte de Argentina llamada Resistencia, que es la capital de la provincia de Chaco. Tiene aproximadamente trescientos mil habitantes, y la verdad es que no es de los lugares más turísticos.
No obstante, tengo la suerte de ser una mente inquieta, así que no me cuesta mucho encontrar cosas que hacer en cualquier rincón (incluso si, como fue el caso, no hay wifi disponible!). Durante esta semana he aprendido a hacer empanadas argentinas (las auténticas!) y ya planeo invitar a algunos amigos a casa cuando volvamos a Madrid. No es tan fácil como parece, pues hay que elaborar el relleno y además, hacer muy bien el repulgue, que es el cierre de la empanada. Hay varios tipos de repulgue, pero yo aprendí el que se hace en la familia de Arol: el repulgue a lo Figueroa.

Además de las empanadas, he aprendido a hacer la tradicionalmente navideña ensalada de frutas y por supuesto los chipás, aunque estos son más paraguayos que argentinos, pero en Chaco también se comen. Se hacen a base de harina de mandioca (o yuca), huevos y queso (cuanto mejor sea el queso, mejor serán los chipás).

Si juntas las clases de repostería con unas cuantas partidas a las cartas con los niños más pequeños (yo les enseñé a jugar al cuadrado y ellos a mí me enseñaron la loba) ya tienes cinco días de alta ocupación mental.
Santillana del Mar

Pídele a cualquier cántabro que te diga lo primero que se le venga a la cabeza sobre Santillana del Mar. Sin pestañear te dirá: “no es santa, no es llana y no tiene mar”. Pero aún así es un lugar precioso, una de esos pueblecitos por donde parece que el tiempo no ha pasado. Calles empedradas, casas de piedra con los correspondientes blasones de cada familia, la colegiata, el fantástico parador…
La visita a Santillana me hizo reflexionar sobre los escudos familiares. Me da pena que se hayan perdido, deberíamos retomarlos y colgarlos de la ventana o llevarlos de fondo de pantalla en el smartphone. Al fin y al cabo es nuestra familia, son nuestras raíces. Me acuerdo de cuando aquel jefe escocés que tuve vino a la oficina vestido con un kilt para celebrar la exitosa finalización del proyecto de fusión; no os podéis imaginar cómo de emocionado me explicó que el estampado a cuadros de su kilt era por su familia, venía de la familia de su abuela, y sólo los de esa familia lo debían llevar. A mi me parece precioso, pero cuidado, que soy una antigua.
Muchos turistas van a ver Santillana y por eso las tiendas de souvenirs florecen en cada calle. Nosotros aprovechamos para comprar una camiseta para Arol, ya que es nuestra tradición tener una camiseta de cada viaje (con el nombre del lugar, “Cantabria” en este caso) y además, compramos unos sobaos y una quesada pequeña. Las dos cosas tienen sabores inconfundibles que son imposibles de imitar. Y son mucho más que desayunables.
Yo también aproveché y me compré un bolso de cuero. Mi bolso favorito, del tipo “crossbody” (de cruzar en diagonal tu cuerpo) ya estaba pelándose y completamente deformado después de cinco años de uso. Quiso la casualidad (o el destino) que encontrara en Cantabria uno exactamente igual pero en color marrón y no me lo pensé. Además, es de cuero y está hecho a mano. Un bolso con denominación de origen, que tiemble Luis Vuitton!

Nosotros y las fronteras
Mi relación con las fronteras siempre ha sido un poco extraña. Y de un tiempo a esta parte, es como si ellas lo supieran y estuvieran conspirando contra mí.

Aeropuerto de Barajas, a las 8 de la mañana. Arol y Miri hacen cola sonrientes porque se van a Brujas. Miri lleva su DNI, porque Bélgica está dentro de la UE. Arol lleva su NIE, donde dice que es familia de Miri.
Nos toca embarcar. Y la azafata entonces le pide el pasaporte a Arol. Solo hemos venido con el NIE, porque Bélgica es Europa. Arol empieza a ponerse serio y yo comienzo a entender lo que está pasando. No le quieren dejar embarcar porque es un extranjero sin pasaporte. Da igual que tenga la residencia por haberse casado conmigo y que yo esté viajando con él: sigue siendo extranjero.
Empezamos a explicarle a la azafata que se trata de un fin de semana, que no lo sabíamos, que cuando viajamos a París no se lo pidieron. Que perderemos el avión si vamos a casa a buscar el pasaporte. Que por favor, nos ayude. La azafata nos explica que si hay una crisis diplomática (justo ese fin de semana) y Bélgica decide salirse de la UE (en 48 horas), Arol no podría salir de Bélgica (increíblemente yo sí, a pesar de tener solo mi DNI). Intento ser empática. Le digo que entiendo que no es ni su error ni su problema. Le explico que no lo pone en el billete electrónico, ni en la tarjeta de embarque (ryanair sí lo pone, por cierto). Intento mostrarme adulta, madura y segura. Si cierran frontera este fin de semana, lo que ocurriría es que Bélgica le deportaría al país de origen, que es España, que es donde vivimos.
Al final, la azafata cede y me dice que va a llamar al comandante del vuelo para ver si bajo su responsabilidad deja embarcar a Arol. Vemos como realiza la llamada, como asiente, como nos mira, como vuelve a asentir. Cuelga. Y entonces nos dice que el comandante ha dicho que sí. Nosotros sonreímos aliviados y nos damos cuenta de que las fronteras nos tienen el mismo rencor que nosotros a ellas, ése que fue provocado por casi tres meses de doce mil kilómetros de miedo.
By the way: gracias, comandante.
Ideas: Planes para Navidad
En Navidades me defino como encantadoramente tradicional. Soy tan charming como una postal con somido al abrirse, y pido una semana de vacaciones en el trabajo, cruzo medio país para estar en Asturias y paso todas las comidas y cenas importantes (y sin excepción) en compañía de mi familia. Compro regalos para todos y cada año me muero de ganas de que los abran cuanto antes para ver si he acertado o no. Toco villancicos con mi flauta, envío postales de Navidad escritas con mi puño y letra y por supuesto, pongo un arbol de Navidad y un adorno bien gordo en la puerta de mi casa para que se note que mi estado es plenamente Navideño.
Sin embargo, mis amigos de Liligo me envian un correo de lo más interesante, donde cuentan que un alto porcentaje de españoles prefiere pasar la Navidad fuera. Y concretan los destinos más solicitados:
En cuanto al TOP 10 de los ciudades más demandadas por los Españoles para volar en navidad se encuentran Madrid, con un 21% de las reservas; Londres, con 13%; Barcelona, con 12%; Paris, con 11%; Nueva York, con 10%; Buenos Aires, Tenerife, Roma y Bucarest, con 7% y Lima con 5%.
Pienso que ese análisis se olvida de una cosa: los muchos inmigrantes que, al más puro estilo “El Almendro”, vuelven a casa por Navidad. Desde mi punto de vista, que una de las rutas más consultadas sea Madrid Bucarest, Buenos Aires o Lima, no indican las ansias de viajar de los españoles (que recordemos, están en plena crisis) sino que los inmigrantes han ahorrado sus eurillos para, céntimo a céntimo, abrazar a sus seres más queridos y darles el mejor regalo: puro y duro amor humano.
Claro que esa es mi percepción, la de una aburrida expatriada que no se imagina unas Navidades sin su sidra el gaitero y su karaoke post cena con sus amigos, los Tones.

Precioso dibujo de Pigtails
Tener hijos, o no.
No hay nada como casarse para que todo el mundo a tu alrededor empiece a preguntar sobre el control de la natalidad y la aventura de ser padres. Por lo que he hablado, es un tema recurrente: todas las parejas de recién casados soportan los mismos comentarios sobre antojos, bebés y familias numerosas.
Cualquiera que me conozca más de diez minutos sabe que me gustan los niños un montón. Me encanta pasar tiempo con ellos, enseñarles a hablar, a jugar o ayudarles a descubrir cosas en el mundo. Aunque a veces, sean ellos los que me ayudan a mí a descubrirme, pero esa es otra historia.
El meollo de este post es que Arol y yo no queremos tener hijos. Conscientes de eso de que “nunca digas nunca”, lo planteamos más como un “a corto y medio plazo, los niños no entran en nuestra foto de familia”. Es una elección difícil, porque escoges sin saber cómo es la otra posibilidad: dado que nunca hemos tenido niños, renunciamos a algo que no conocemos; por tanto no sabemos a qué renunciamos.
Es una putada que la vida esté llena de elecciones que haces sin saber muy bien qué eliges. De todas formas, y como ya he dicho muchas veces, tomar una decisión así implica que nunca te equivocas: solo construyes el tipo de persona en que te vas a convertir, y yo soy una persona que disfruta con los niños, pero no una mamá.

¿Un bebé?
La cámara digital de mi abuela
Mi abuela tiene 71 años, nunca fue al colegio y no sabe leer ni escribir. Pero tiene una cámara de fotos digital con más megapíxlees que la mía, y cuando menos te lo esperas, ¡zas! saca la camara y se pone a hacer fotos.
Ha aprendido de memoria donde está el botón del ON y el OFF y lleva el flash configurado en autómatico, para hacerle la vida más sencilla. El zoom no lo usa nunca: ella prefiere acercarse y alejarse usando sus piernecitas de metro y medio de estatura.
Cuando lleva varios días haciendo fotos, lleva la cámara a una tienda de revelado fotográfico, donde el dependiente le va enseñanado todas las fotos en el ordenador y mi abuela escoge las que quiere revelar y las que no.
Y así, mi abuela tiene un montón de fotos de cómo puso la mesa con la mantelería nueva (y sale solo la mesa), de la buena pinta que tenía la ensalada que hizo el martes pasado, de las plantas de la vecina, que las tiene floridas, del reloj de cuco que ha puesto en la pared, etc. Y te las enseña.

El fin de semana pasado, como Arol era la novedad, le hizo un montón de fotos. (La podéis ver luchando por la posesión de la cámara con Santiago).
Casi estoy segura de que la próxima vez que vayamos a su casa, tendrá una foto de Arol puesta en un marco colocado en algún lugar destacado del salón de mi abuela. Y se la enseñará a todo el mundo diciendo: “este é Aarón (que es como ella le ha bautizado), a parexina de a mía Mirián. É de muy llonxe, Chile, China, Chindia, no macordo. Y come muito y muy curiosín, comeu arroz que fixen eu y dixo que taba muy bón”.
Así es como ella le da la bienvenida a la familia a las personas nuevas: dándoles de comer y viendo hasta dónde llegan sus estómagos. No apto para vegetarianos ni para personas repunantes: si vas a ser de la familia la contundencia es obligatoria.
Desayuno para las madres.

Mi madre sólo desayuna un café con leche. Es de esas personas que cuando se levantan por la mañana no tienen el estómago para comer nada sólido, así que llena su taza de café con leche (mucho café y poca leche), pone dos cucharadas de azúcar y enciende el primer cigarrillo del día. Se sienta en la mesa del comedor, coloca el mantel para que la taza no raye el cristal y comienza a planear su día.
Para mi madre todos los días son el mismo día: un ir y venir al supermercado, revisión del estado de la cesta de la ropa para planchar, de la limpieza de los baños, del brillo del suelo. Hasta ahí, podríamos decir que es una madre normal. Pero no lo es. Porque cuando las tareas de madre terminan, queda sitio para la persona brillante e inteligentísima que ella es; y comienza a leer sus ensayos sobre política o los últimos avances de medicina, o se entrega a alguna partida online del World of Warcraft (tiene varios personajes en niveles muy interesantes), o ve alguna peli que luego me recomendará entusiasmada si le gusta.
Muchas veces, cuando estoy en Asturias, la escucho hablarme saltando de un tema a otro, y pienso que si tuviera que volver a nacer, si tuviera que volver a empezar de cero… nunca lo haría sin ella. Me pido a mi madre para todas las próximas vidas. Y no, no es negociable.
Papá.
Uno de los primeros recuerdos buenos que tengo de mi padre, es el siguiente: vamos él y yo solos por la calle, caminando. Yo voy delante. Me caigo y me hago daño, comienzo a llorar. Entonces me giro, buscándole, y levanto los brazos hacia él, pronunciando una sola palabra: “Papá”. El siguiente recuerdo es de mi padre, corrigiéndome los ejercicios de matemáticas del Vacaciones Santillana. Yo era muy pequeña, lo sé porque mi madre estaba trabajando y él se quedaba conmigo en casa.
Mi padre no es el típico hombre que lee un blog o usa internet. Disfruta con los deportes, con la siesta, con las novelas del oeste, con Cruz y Raya y con una partida de tute con sus amigos. Realmente, yo no sé de qué hablar con mi padre, así que nunca hablamos, ni siquiera cuando vamos solos en el coche. Disfrutamos de un cómodo silencio de padre e hija. A veces pienso que mi padre no me conoce, o que yo no he sabido comunicarme con él. Que no tenemos nada en común.
Y así, sin hablar, mi padre me ha enseñado una de las cosas más valiosas que como ser humano, me diferencian.
Me ha enseñado que cuando una persona tiene un problema, aunque sus consecuencias te salpiquen, no la puedes abandonar: es cuando más tienes que estar cerca de esa persona.
Aunque sabes que tu vida sería más fácil si te alejaras de esa persona y su problema, no la debes abandonar. A pesar de que vas a sufrir con esa (y a causa de) esa persona, a pesar de que te hará daño, no la tienes que abandonar.
Porque es una persona. Porque nadie es malo porque sí. Porque si buscas un poco, siempre hay un motivo, que aunque no legitima ciertas cosas, las hace comprensibles y por tanto, solucionables.
Mi padre no es el típico hombre que lee un blog, o que entiende un post como éste. Pero da igual. Yo tampoco soy la típica hija que necesita demostraciones de cariño palpables. Te quiero papá, y sé que me quieres, maisimonzorrión. Feliz 48 cumpleaños.
¿Nueva sección?
A mí me encanta desayunar. Me gusta prepararme desayunos diferentes cuando tengo tiempo, y nunca salgo de casa sin haber desayunado: trae mala suerte estomacal. No en vano hay miles de refranes sobre ello: “A quien desayuna, dios le ayuda”, “A buen desayunador, pocas palabras bastan”, por no hablar del “Desayuno que no comes, corazón que no siente”. ¡¡La cultura popular nos indica que te puede dar hasta un infarto de miocardio si sales de casa sin desayunar!!. Mi desayuno preferido es el de los domingos, por aprendizaje infantil: cuando era pequeña, mi padre compraba “curasaos”…
(o lo que es lo mismo, croissants en nuestro idioma familiar: croissant = cruasán = curasao = coração = corazón en portugués; y es que otra cosa no, pero en mi familia amor siempre ha habido)
…en la mítica pastelería Don Pelayo, de Oviedo; y cuando no teníamos dinero para croissants, nos hacía un chorizo frito (mitad para mi hermana, mitad para mi). Ahora que soy menos pequeña, me gusta el desayuno de los domingos porque tengo más tiempo para preparármelo, puedo elaborarlo más… y tomármelo en la cama.
Así que he pensado en abrir una nueva sección: Los Desayunos de Miri, donde pondré el desayuno que tome cada domingo. A ver si puedo ser medianamente constante.
Y aquí tenemos el de hoy, compuesto de: descafeinado con leche, una omelette de un huevo con tomates cherry por encima y tres galletas de aire (de aire porque no llevan nada: no llevan azúcar, ni colesterol, ni sal, ni triglicéridos…).

Mimamámemima
Hoy no es el cumpleaños de mi madre, ni el aniversario de mi parto. No es el día de la madre, ni ha vuelto la primavera al Corte Inglés. Hoy es uno de esos días en los que la echo mucho de menos.
Es terca y muy inteligente, una combinación letal: como casi nunca se equivoca (porque además tiene una gran intuición), es más terca todavía. También es orgullosa, así que cuando se equivoca, no lo reconoce en voz alta, pero se lo puedes leer en el fondo de los ojos.
No es una de esas personas besuconas, ni me espachurra en cada abrazo; pero sé que me quiere tanto que ha sido capaz de destrozar su vida y complicársela muchísimo para que yo esté aquí.
Se preocupa por las personas. Sabe cómo estoy en cuanto descuelgo el teléfono, con solo oir el “hola”. Puedes hablar de miles de temas con ella, durante miles de horas y nunca te cansas.
Tiene un gran sentido del humor y sabe hacerme reír… y hacerme llorar, cada vez que me recuerda que algún día se morirá y tendré que coger la batuta. Cuando está triste, no quiere hablar con nadie. Duerme para olvidar o escucha música en lo cascos, a todo volumen.
Lo peor de todo es que mientras escribo el post describiéndola, no sé si hablo de mí o de ella… o de las dos!



