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Anticafé con leche
Pasamos dos días en Posadas, la capital de la provincia de Misiones, con el objeto de ver las ruinas jesuíticas, más conocidas como “Misiones”. Yo, que soy una fan de la peli “La Misión” y que me sé el tema principal a la flauta, tenía muchas ganas de que llegara esta etapa del viaje.
Pero no adelantemos acontecimientos. Y es que antes de hablaros de la experiencia guaraní y de mi incursión en territorio paraguayo, quería contaros… ¡¡el desayuno que nos dieron en el hostel “la posadeña linda”!!
Todos sabemos que los desayunos de los hostels y b&b suelen ser bastante humildes. Normalmente tienen una bebida caliente y algo sencillo para comer. En este caso tenían agua caliente, infusiones y pan con mermelada. Lo fuerte es que la infusión era con unos sacos como de té, pero que contenían café. Y si querías leche, era en polvo. El café con leche menos café con leche que he tomado en mi vida: el verdadero anticafé con leche.
Aquello no sabía a nada, por mucho rato que dejaras la bolsa de café sumergida dentro del agua caliente. Y la leche en polvo… ay, si mis vacas asturianas me vieran tomando esos sucedáneos raros! Sin más dilación pasamos a las imágenes, que como se suele decir, hablan más que mil palabras.

Afortunadamente, cuando hay hambre “pan duro vale”, así que me tomé mi polvo de leche con infusión de café sin rechistar, acompañado por las rodajitas de pan con mermelada de fresa y de melocotón. Eso sí, al día siguiente compré un tetrabrik de leche en el supermercado más cercano y unos sobres de nescafé capuccino, porque el desayuno es sagrado!
Lo confieso: soy tía abuela.
Mi sobrina-nieta es una niña preciosa de apenas dos añitos que se llama Bianca. Le encanta comer casi cualquier cosa, pintar con témperas y durante todos los días que he pasado con ella, nunca la he visto llorar.
Sus padres, Ale y Daniela, tienen 23 años y son mis sobrinos. Pero no son los únicos que tengo: está Marce, Ezequiel, Nayla, Santiago, Agustín, Gonzalo y Lautaro. La segunda etapa del viaje ha consistido en pasar una semana con la familia de Arol, que es mi familia política. La mayoría de ellos nunca antes había visto a un español, así que los niños me hacen preguntas de lo más extrañas: Tía, ¿en España vas a la cárcel si dices malas palabras?
Todos ellos viven en una ciudad del norte de Argentina llamada Resistencia, que es la capital de la provincia de Chaco. Tiene aproximadamente trescientos mil habitantes, y la verdad es que no es de los lugares más turísticos.
No obstante, tengo la suerte de ser una mente inquieta, así que no me cuesta mucho encontrar cosas que hacer en cualquier rincón (incluso si, como fue el caso, no hay wifi disponible!). Durante esta semana he aprendido a hacer empanadas argentinas (las auténticas!) y ya planeo invitar a algunos amigos a casa cuando volvamos a Madrid. No es tan fácil como parece, pues hay que elaborar el relleno y además, hacer muy bien el repulgue, que es el cierre de la empanada. Hay varios tipos de repulgue, pero yo aprendí el que se hace en la familia de Arol: el repulgue a lo Figueroa.

Además de las empanadas, he aprendido a hacer la tradicionalmente navideña ensalada de frutas y por supuesto los chipás, aunque estos son más paraguayos que argentinos, pero en Chaco también se comen. Se hacen a base de harina de mandioca (o yuca), huevos y queso (cuanto mejor sea el queso, mejor serán los chipás).

Si juntas las clases de repostería con unas cuantas partidas a las cartas con los niños más pequeños (yo les enseñé a jugar al cuadrado y ellos a mí me enseñaron la loba) ya tienes cinco días de alta ocupación mental.
Volveré y Seré Millones
Cualquiera que pase por Buenos Aires oirá el nombre de Eva Perón en varias ocasiones.
Se la sigue recordando y admirando, siendo para muchas mujeres un símbolo del poder que todas tenemos en nuestro interior, seamos de la ideología política que seamos.
En Buenos Aires, Evita salía a hablar al pueblo en el balcón de la Casa Rosada. Dicen que desde allí pronunció la famosa frase “Volveré y seré millones”, ya que sabìa que pronto moriría a causa del cáncer. Volver no volvió, pero millones de personas la recuerdan.
Hoy Eva descansa en el cementerio de La Recoleta, en un mausoleo pequeño y humilde.
La famosa frase ha calado tan hondo que todos atribuyen la autoría a la propia Evita, cuando realmente fue pronunciada por primera vez por el indígena aymará Tupac Catari, justo antes de que muriera descuartizado a instancias del gobierno español de La Paz (en Bolivia) por haber liderado dos levantamientos sin éxito contra ellos.
Yo creo que a Buenos Aires no volveré,
pero prometo viajar millones.
Caminito que el tiempo ha borrado
Una de las zonas que nadie debería perderse en Buenos Aires es Caminito, en el barrio de La Boca. Desde el centro de la ciudad hay que coger un colectivo (autobús) y en cuestión de quince minutos te traslada al Buenos Aires de los tangueros, el bandoneón y los firuletes.
Pero si algo llama la atención de Caminito son las casas de colores, y hoy traigo esa historia bajo el brazo para que aprendáis viajando conmigo.
Había un pintor argentino llamado Quinquela Martín. Provenía de una familia muy humilde y cuando la vida le sonrió un poco económicamente hablando, decidió construir una escuela en Caminito. Una vez terminada, quería darle un toque de alegría para los niños, así que pidió a los vecinos que le ayudaran a pintarla. Evidentemente, cada vecino fue con un bote de pintura de distinto color, y aquella escuela quedó de lo más divertida y colorista.
Contagiados por esa alegría, los vecinos hicieron lo mismo con sus propias casas, que hoy en día lucen de extravagantes amarillos, azules eléctricos, verdes chillones y cualquier otra tonalidad que os podáis imaginar. Una forma hermosa de maquillar la pobreza de las casitas del barrio e inundar de alegría a todos los vecinos.
A veces, lo más simple funciona.
Llegando a Buenos Aires
El avión despegó de Madrid puntualísimo: a las 2 y 40 de la mañana echamos a correr por la pista de despegue de Barajas, T4. Yo iba dentro de ese avión con toda la parafernalia para dormir: mantita cortesía de Iberia, tapones para oídos fosforitos comprados en la Farmacia que hay al lado del Metro Tribunal, almohada hinchable para no romperme el cuello por el peso de mi cabezón y gafas de sol, para que no me deslumbrara la luz del avión.
Me dormí en el despegue. Recuerdo sentir el avión corriendo a todo meter y tener en mi mente un pensamiento en plan “no te pongas nerviosa que esto ya lo has sentido decenas de veces”. Lo siguiente que recuerdo es a las azafatas gritando por el avión “pasta o hamburguesa” y una de ellas preguntándole a Arol “¿a la señora no le damos, no?” y Arol que contesta “No”.
Mi recuerdo posterior es despertarme poco a poco y ver el avión en la total oscuridad. Arol está a mi lado con los ojos cerrados. Todos están caídos en los asientos, con los ojos cerrados y la cabeza colgando. “Imagínate que estuvieran muertos” empiezo a pensar. Y entonces miro fijamente a Arol, que abre los ojos adormilado y me sonríe.
Son las siete de la mañana. He dormido a diferentes niveles de profundidad unas cuatro horas. Tengo un hambre que me muero, así que me levanto y busco la mochila en el compartimento superior. Y me zampo un bocata de pechuga de pollo que traíamos de casa. Luego como unas galletitas y unos regalices. Me doy cuenta de que tengo mucha sed, así que voy a ver a la azafata y le pido agua.
Las siguientes nueve horas de vuelo las pasé despiertísima, pulverizandome a ratos Agua de Avene Thermal en la cara (recordemos que los aviones tienen menos del 10% de humedad), yendo a pedir agua y más agua, comiendo el desayuno que nos ofrecieron…
Puntuales como cuando despegamos, a las 15 hora española aterrizamos en Montevideo. Algo más de una hora de escala, pillamos otro avión mucho más pequeño, que cruzó en media hora el Río de la Plata (que no es plateado, sino que es color caca, debería ser el Río de la Caca) y nos dejó en el Aeroparque Jorge Newbery de Buenos Aires.
Una vez allí, para ir al centro de la ciudad, hay dos opciones: o coges un remís (que es un chófer que te lleva adónde tú le pidas por un precio cerrado) o coges un taxi (que tiene taxímetro y muy mala fama). Me dediqué a investigar el precio de todos los remises y al final en el más barato empecé a pedir detalles. Había un chico brasileño delante de mi que no lo tenía claro, decía que se lo tenía que pensar. Normal, son 71 pesos (13 euros, precio fijo independiente del número de personas). Si eres uno solo compensa poco.
Y esa Mirichán, que no tiene vergüenza ninguna, que le pregunta al chico brasileño Cadé vais? El chico me recita una calle – “vamos a ver, brasileiro, que yo no soy de Buenos Aires” y yo que le digo que nosotros vamos al centro. Se le iluminan los ojos y me dice que él también, pues apañao: nos vamos los tres en el mismo remís y nos sale a 24 pesos por persona. Arol, que habla portugués bastante mejor que yo, entabla una conversación con él y nos cuenta que es periodista e historiador, que vive en Río, que viene a Buenos Aires porque está escribiendo un libro. El remisero (conductor del remís) se anima y nos cuenta que él vivió doce años en Barcelona y que hace cuatro meses que volvió a Buenos Aires, tras haberlo perdido todo a manos del banco. Lo peor, es que no puede volver, porque tiene una deuda de 180.000 euros esperándole. Testimonios duros, pero esperanzadores – “acá estamos, luchándola de nuevo”.
Como despedida, el brasileño nos dice que le busquemos en facebook. Eu non tenho facebook, estoy a punto de decirle, pero le aprieto las manos y le digo que compraré su libro.
Y esa es la historia de cómo hicimos para llegar a Buenos Aires.
El Sueño de Valentín
El otro día os contaba lo de los Miércoles de Cine con nuestros vecinos. Una de las pelis que Arol y yo propusimos para disfrutar los cuatro juntos fue “Valentin”, cine argentino en estado puro.
Valentín cuenta la historia de un niño con ese nombre y está ambientada en Buenos Aires, en los años 60. Vive con su abuela (interpretada por nuestra Carmen Maura), no tiene madre porque fue abandonado y su padre siempre está por ahí, trabajando o con sus novias. Es un niño que te conquista, que hace caminatas espaciales, que aprende a tocar el piano y que llama a su abuelita “nena” mientras le pide que le cante un tango de los tristes. Piensa que si se comporta como un adulto, los demás no se darán cuenta de que es chiquito.
Ver Valentín por segunda vez me ha hecho reflexionar sobre la cantidad de cine latinoamericano que nos perdemos. Despreciamos el cine español pero no sólo el de España, sino también todo el que está rodado en idioma español. Se nos caen las bragazas con sobreactuaciones como Ameliè y resulta que nadie coge al vuelo eso que dice Valentín: “aunque no vaya a ir nunca a la luna, todavía se pueden hacer cosas acá, en la Tierra”.
Día de la Patria
El pasado 9 de julio fue el día de la Patria en Argentina. Ese mismo día de 1816 Argentina declaró su independencia, después de seis años de situación un poco rara: a pesar de que la revolución se produjo en 1810 no fue hasta 1816 cuando finiquitaron toda la parte más “burocrática”.
Arol y yo lo celebramos yendo a un restaurante argentino del centro de Madrid a comer un asado. Para los que no estén familiarizados con la terminología, un asado es una comida compuesta principalmente por una parrillada de carnes, algunas verduras o una ensalada y las míticas empanadillas argentinas. El tema del malbec ya es voluntario… aunque ya que te pones, hay que hacer las cosas bien.
¿Se os hace la boca agua? No os apresuréis, que he traído fotos
De paso aprendemos un poco de vocabulario, que aunque no sea lunfardo, siempre es recomendable.


La historia de cuando comí sopaipillas en Los Andes
Hoy hace exactamente dos meses que aterricé de mi último gran viaje: el que hice por América del Sur: desde entonces, sólo he ido a Asturias para ver a mi familia: empiezo a sentir en el estómago esas ganas de empezar a planificar un viaje.
Tengo que controlarlas como sea, porque por motivos que no vienen a cuento ahora, seguramente no podré viajar hasta dentro de bastante tiempo. Pero como si fuera un viejo lobo de mar, cuando tengo nostalgia de mochila, empiezo a contar anécdotas. Cuando sea abuela voy a ser una contadora de historias letal: no hay más que juntar todo lo que hablo con todo lo que viajo.
Cuando estaba en la cordillera de los Andes, en Argentina; Arol y yo nos animamos a hacer una ruta de montaña. Cruzamos la estación de esquí de Penitentes y nos adentramos en lo salvaje: un pueblo llamado Potrerillos.
En realidad, era una especie de pueblo abandonado y lleno de nieve, donde solo había un restaurante y una tienda de cerámicas. El guía que llevabámos nos dijo que comeríamos en aquel restaurante, pero nosotros solo teníamos tres euros en pesos argentinos y allí no aceptaban tarjetas de crédito. Cada menú costaba 7 euros, así que no podíamos comer. Y yo tenía hambre de la grande.
El dueño del restaurante nos decía que pidiéramos dinero prestado al guía y que cuando volviéramos a la ciudad, arregláramos cuentas con él. Pero a mí se me da fatal lo de pedir nada a nadie, así que como si fuéramos pobres, con bastante vergüenza salimos del restaurante que no podíamos pagar y nos dedicamos a caminar por la nieve.
Rebuscando y rebuscando, nos dimos cuenta de que en la tienda de cerámicas había la posibilidad de comprar chocolate caliente y sopaipillas. Las sopaipillas son una especie de masa de harina frita típica de Chile.
Comimos tres sopaipillas y un vaso de chocolate caliente cada uno, sentados en una mesa mugrienta que había al fondo del local, mientras la dueña de la tienda nos intoxicaba porque estaba limpiando el suelo con gasolina (era por algo relacionado con el frío extremo que hacía, pero no recuerdo bien).
Aquella comida me supo a gloria. Como nos sobró tiempo, aprovechamos para dar un paseo por el medio de la nieve, hacer fotos, jugar y reirnos mucho del resto de gente que estaba comiendo en el restaurante y perdiéndose lo real de estar en los Andes.

Y así termina la historia de cuando comí sopaipillas porque era pobre y no podía pagarme comida de verdad.
Aconcagua.

Dicen que su nombre significa "Centinela de Piedra".
Para ir a Argentina desde Chile, hay que atravesar una frontera natural que separa a ambos países: la cordillera de los Andes. Afortunadamente, no hace falta ir Andando, sino que hay diferentes pasos por carretera, aunque en invierno suelen cerrarse con bastante frecuencia por la nieve y el mal tiempo.
Los Andes. Con sus más de siete mil kilómetros de extensión, tienen el pico más alto de América (y del mundo si no contamos Asia y su Himalaya): el Aconcagua.
Y ahí que se fue Mirichán, a levantar mucho la cabeza al pie de la montañona y decir aquello de ¡¡Haaaaala!!
Supongo que cuando estás delante de una montaña tan grande (casi 7000 metros), no puedes hacer mucho más que asombrarte y sentirte muy pequeña.
Y así me sentí yo: un tapón de 1.65 y muy joven, ya que según wikipedia, el Aconcagua tiene 280 millones de años. Vamos, que los dinosaurios herbívoros pastaban allí tranquilamente y los carnívoros se pasaban el día Aconcagua parriba, Aconcagua pabajo para cazar a los herbívoros. ¡Ay si las piedras hablaran!




