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Autorrespeto. Aftas.
Mientras escribo este post, tengo un afta de más de un centímetro de diámetro en la parte interna de mi labio superior. Me duele al comer, al hablar, al sonreír, al apoyarme para dormir, al besar, al cepillarme los dientes… Estoy dándole caña con aftaspray (mi mejor medicina para las llagas, y lo digo con conocimiento de causa porque he probado unas cuantas) y espero que se me cure pronto.
Además de esa afta, que es la que más me duele, tengo otras tres. Como están en rincones más ocultos de la boca, no me duelen tanto (o a lo mejor es que me he acostumbrado). Así que como veis, he roto la buena racha que llevaba sin aftas. Desde que volví de Argentina, no me había salido prácticamente ninguna.
Sé de buena tinta que las aftas son la forma que tiene mi cuerpo de soltar frustraciones y sentimientos que debería estar exteriorizando de otra forma y que lamentablemente para mí, termino por callarme.
Hasta el viernes 13 de enero de 2012. Ese día llegó la gota que colmó mi vaso (y mis aftas) y tuve un intercambio poco agradable con mi responsable, en el que me negué directamente a hacer lo que me pedía y le dije que como mis padres me enseñaron que libertad significa responsabilidad y yo he tomado la decisión libre de negarme a hacer lo que me ordena, desafiando su autoridad sobre mí, estoy dispuesta a asumir cualquier consecuencia que esa decisión pueda tener. Que caiga sobre mí todo el peso de la justicia, que me preparen los papeles del paro si lo consideran necesario. No me da miedo, lo único que me aterroriza es seguirme perdiendo el respeto a mí misma, porque cada vez que hago algo que pienso que no debería estar haciendo, me pierdo el respeto.
Y aquí viene en meollo del post.
Durante nuestra educación, normalmente nos enseñan que es importante que respetemos a los demás. Nos enseñan a respetar a nuestros mayores (como nuestros abuelos, o los señores mayores que vemos en la calle), a nuestros padres, a nuestros profesores. Aprendemos a respetar a nuestros amigos y amigas, a nuestra pareja, a los símbolos religiosos y a las opiniones de los demás.
Pero nadie nos enseña que tenemos que respetarnos también a nosotros mismos. Que nosotros mismos debemos atender a nuestras necesidades y hacer que éstas sean escuchadas por los demás. Que tenemos derecho a manifestar lo que queremos, lo que deseamos, lo que preferimos.
Lamentablemente, en mi ámbito laboral llevo callándome mucho tiempo. He pensado en por qué hago esto (yo que soy una persona genuinamente sincera en todos los ámbitos de mi vida). Y he encontrado tres motivos.
- por no ocasionar un conflicto.
- porque me da miedo que la opinión positiva que mucha gente tiene de mi cambie si expreso lo que pienso realmente de las cosas que me afectan.
- porque pienso que la opinión positiva que los demás tienen de mi se debe a que cumplo siempre sus expectativas.
Me parece que he abierto una caja de Pandora y que la batalla no ha hecho más que comenzar.
(Imagen titulada “Self Respect”, de Judith Redman vía)
Dos vidas.
Ultimamente me siento como si tuviera dos vidas. La vida de Rumania, que es la que llevo viviendo durante los ultimos meses… y la vida que sucederá a partir del viernes, cuando aterrice en Barajas. Que la vida que empiezo el viernes sea mejor que la que tenia hasta ahora depende excusivamente de mi, y de las decisiones que vaya tomando. La sensación de CONTROL es importante y necesaria, aunque sea ilusioria y falsa…
¿O te crees que tienes tu vida controlada?
El concepto de control en psicología es muy importante. Lo definen como la habilidad para hacer que algo se comporte exactamente como uno quiere, y para que se dé el control hay algunos requisitos:
- Tiene que existir un objetivo.
En mi caso el objetivo es conseguir una satisfacción alta con mi vida en Madrid.
- Tenemos que ser capaces de percibir lo que está ocurriendo. Es decir: un proceso de atención, de conciencia y de evaluación.
Se supone que yo voy a darme cuenta de si soy feliz en Madrid o no.
- Tiene que darse una conducta de control, lo que significa que tenemos que hacer algo.
Es decir, que no voy a esperar sentada para que la felicidad llame a mi puerta, sino que voy a hacer algo para obtenerla. Voy a ser proactiva.
- Se compara el resultado de nuestras acciones con el objetivo inicial. Si se ha alcanzado el éxito, bien. Y si no, volvemos al paso dos: observamos qué ha fallado y emprendemos una nueva conducta de control.
Si las acciones que ponga en marcha en mi nueva vida en Madrid no me hacen feliz, analizaré que falla e intentaré cambiarlo.




