Archive for the ‘Lo Nuevo’ Category
Cameo
Teniendo un fotógrafo como marido, los viajes se convierten en unos cuantos miles de fotos. Vamos paseando por las calles del lugar y Arol se va deteniendo, aquí y allí, para hacer esta y tal otra foto. Al principio yo posaba con tal o cual cara, pero después de las primeras quinientas instantáneas el tema se vuelve soberanamente aburrido.
Afortunadamente, a Arol se le ocurrió la maravillosa idea de regalarme en Febrero una cámara de vídeo. Es una de esas pequeñitas, sin grandes opciones ni controles. Grabar, parar, algo de zoom y nada más. Suficiente para mí. Desde ese momento, los viajes son mucho más agradables, porque mientras Arol se entretiene haciendo fotos, yo voy con mi Cameo caminando por la calle, enfocando cosas y parloteando sola. Al principio me daba vergüenza que la gente me viera, pero ahora me considero una autora de videodocumentales sobre mi propia vida.
Durante este año he dirigido (porque sí, hay que ser directora, hay que decir a los protagonistas lo que vas a preguntar o lo que quieres filmar, para que se preparen) 10 vídeos y he aprendido muchas cosas como la importancia de la música, de los silencios y de las tomas más cortas donde solo muestras algo que quieres enseñar en dos segundos.
¡Tengo muchas ganas de que pasen veinte años para poder verlos de nuevo otra vez!

Poner el árbol un 16N
Hay cosas que me hacen simplemente feliz. Levantarme a las 7 de la mañana un sábado, desayunar y luego volver a debajo del edredón, para echarme una siesta matutina. Ducharme con agua caliente y permitirme un minuto extra debajo del grifo, sintiéndola sobre mi. Llamar a alguien a quien quiero y decirle que es importante para mi por equis motivo, y oir entonces su sonrisa por teléfono. Porque sí, las sonrisas también “suenan”.
O poner el árbol de Navidad el 16 de Noviembre.
Me encantan los árboles de Navidad. Una de las cosas que más me gusta del mundo entero es ir a las casas de los demás y ver sus árboles. Mirar cada bola, cada muñequito, contemplar el adorno que hayan puesto en la punta del árbol: ¿es una estrella? ¿es uno de esos picos? ¿Solo han enrollado un montón de espumillón? ¿Han puesto angelitos? Durante años, sometí a mi madre a la dictadura del árbol de Navidad, rogándole que por favor lo pusiera durante días.
Este año he decidido hacer lo que yo quiero hacer. Y el 16 de noviembre he puesto el árbol de Navidad. Lo he sacado del armario, he desplegado sus ramitas, le he puesto la base… y he empezado a distribuir las luces y los adornos. En el pico, una estrella, para que los Reyes Magos no pierdan la pista de dónde tienen que dejar los regalos. He puesto villancicos y he cantado Holy Night. Ya está, ya es Navidad. Yo lo he decidido y en mi casa la Navidad empieza el 16 de Noviembre.
Y ahora, a ser feliz viendo en la completa oscuridad del salón cómo las luces se encienden y se apagan… y mientras permanecen apagadas algunos segundos que a mi me parecen una eternidad, se me encoge el corazón porque me da miedo que no se vuelvan a encender. Pero las luces de Navidad siempre se vuelven a encender, una y otra y otra vez. Igual que la felicidad, que siempre vuelve a nosotros una y otra y otra vez, superando apagones que a veces, nos parecen interminables.
Feliz Navidad a todos.
Que te va a pasar factura…
Antes de irme de vacaciones, me pasé casi medio año con aftas continuamente en la boca. Me salían en grupos de cinco o seis y cuando empezaban a curarse ya tenía las nuevas dándolo todo. Fui al médico de cabecera, que me hizo análisis para descubrir que estoy perfectamente bien. La doctora me envió a dermatología, y ahí me dijeron que si los análisis están bien va a ser cosa del estrés.
Pero yo no me estreso. Duermo bien por la noche, como bien por el día, salgo con mi hubby, con mis amigos. Hablo por teléfono con mi madre y con mi hermana, escribo mails a mi mejor amiga… llevo exactamente la vida que quiero llevar.
Total que me aguanté las aftas y me fui de vacaciones. Cuatro semanas de despiporre por América del Sur. Y mira tú por donde, las aftas desaparecieron por completo. Se curaron y no volvió a salirme ni una más. He pasado un mes en la gloria.
Ha sido volver a empezar a trabajar y zasca, ya tengo dos aftas asomando en la parte interior de la mejilla. Y no es que en el trabajo tengamos que hacer catorce horas al día a latigazos (eso me pasó en la fusión y reconozco que fui la persona más feliz del mundo y que volvía a casa con la adrenalina a tope de todo lo que había aprendido durante el día). Al contrario, ahora mismo atravesamos una etapa de “no sé qué va a pasar”: lo mismo nos cierran, que nos reducen al 50% de plantilla, que nos venden, que nos regalan. Y yo estoy tranquila, porque ya me fui una vez a la calle y resurgí como el ave fenix, porque sé lo que valgo y no es ni mucho ni poco, pero seguramente será lo suficiente para que cuenten conmigo.
Lo que me mata a mí es la incertidumbre. El no saber qué pasará y no tener control sobre las cosas. A mí me gusta controlar: llevar a mi pareja cuando bailo, repartir las cartas cuando juego al chinchón, ser la banca en el monopoly y preparar yo misma la lista de postales de Navidad. Pero no estoy hecha para la incertidumbre, por no hablar del ambiente enrarecido, donde unos se pelean con otros y aunque yo esté a mi rock and roll, a veces te pilla en medio. Yo no valgo para los politiqueos empresariales, yo valgo para currar como una cerda y entregar mi sangre, sudor y lágrimas junto con el modelo operativo de lo que quieras.
Para eso… y para tener aftas, claro.
Echo de menos mi cama
Daría lo que fuera porque inventaran el teletransporte y mi cama apareciera ante mis ojos. No hay lugar como la cama propia para dormir y soñar cosas increíbles. Creo que nunca lo he contado, pero desde que me casé con Arol y empecé a viajar con él, fotografíamos todas las camas donde dormimos. Es uno de nuestros proyectos: dentro de unos años haremos un libro con las fotos de todas las camas, o quizá una exposición; y contaremos dónde está cada una y qué tal dormimos en ellas.
Como la mía no hay otra…

Aprender a nadar
De la misma forma que no recuerdo cómo era no saber caminar, tampoco recuerdo cómo era no saber nadar. Aprendí gracias a las clases de natación que se daban de forma gratuita en el colegio. Con seis años nos cogían y nos llevaban a la piscina municipal tres tardes a la semana durante un par de meses. Tengo imágenes claras del primer día, en el que el monitor nos tiró a todos al agua de sopetón y sin llevar ningún tipo de flotador ni burbuja.
La verdad, no sé como la mortalidad infantil no aumentaba en los meses de piscina.
Saber nadar es algo damos por sentado en todas las personas. Tú no preguntas a la gente si sabe nadar o no; es uno de esos escenarios en los que como tú sabes algo, asumes directamente que todo el mundo lo sabe. Unos lo hacen con más soltura, otros dominan tres estilos y algunos se lo toman con más calma.
Resulta que cuando conocí a Arol, descubrí que esa asunción no es válida. Él me advirtió que no sabía nadar en nuestra primera aproximación al medio acuático. Me pareció imposible pero cuando nos metimos, efectivamente, Arol se hundía. Es muy raro ver cómo se mueve en el agua alguien que no sabe nadar, y es difícil enseñarle porque la natación es una actividad que involucra muchos movimientos, la mayoría de los cuales hacemos sin darnos cuenta.
Sin embargo, bastaron nuestras visitas veraniegas a la piscina del Canal Isabel II y la semana en Lanzarote para que Arol haya progresado notablemente. No sólo sabe flotar, sino que además es capaz de nadar a braza durante períodos cortos de tiempo. No avanza distancias muy grandes, pero ha aprendido a moverse dentro del agua.
Lo que más me gusta es que ahora que no tiene miedo a ahogarse se ha dado cuenta de que es muy divertido. Le encanta el mar, porque a pesar de que tiene olas y el agua es salada, se ha dado cuenta de que flota más que en las piscinas. Se mete en el agua y no quiere salir, y lo oyes reírse y enseñarte las cosas nuevas que ha aprendido a hacer.
Justo como un niño de seis años.

El iberismo
Fue José Saramago, ya después de muerto, el que me metió esta idea en la cabeza. El iberismo, o por qué España y Portugal han de ser dos países diferentes en lugar de uno, llamado Iberia. Hay suficientes lazos históricos que nos unen, también nuestros idiomas provienen del latín, compartimos geografía y clima. Desde siempre hemos exportado materias primas a nuestros vecinos y ellos han importado las nuestras. ¿Por qué tener dos países en lugar del que sería el segundo país más grande de la Unión Europea tras Francia? Tendríamos más fuerza para negociar, porque contaríamos con 78 escaños en el gobierno de Europa (y no como ahora, que España tiene 54 y Portugal tiene 24).
Podríamos poner la capital en Lisboa o en Madrid, y escoger entre una república o Juan Carlos I como jefe de estado. Haríamos un referendum y aprenderíamos portugués y español; seríamos bilingües como los suizos. Y por nada del mundo dejaríamos de proteger las identidades de cada provincia, porque el Alentejo, País Vasco o Andalucía deben seguir teniendo su razón de ser.
A mi me convence. La unión hace la fuerza…
La leche!
El otro día paseando con Arol encontramos una tienda de productos orgánicos y naturales y decidimos entrar a ver qué se cocía dentro. Había un montón de cosas muy interesantes y no sé muy bien cómo, acabé contándole a la dependienta mis problemas de estreñimiento. Ya sabes, esa situación en la que una cosa lleva a la otra y te encuentras a ti misma dando detalle de tus deposiciones.
Lo primero que la dependienta me sugirió es que probablemente, no como la suficiente fruta. Craso error. Puedo comer tres o cuatro piezas al día tranquilamente, sin que me suponga ningún esfuerzo. Me encanta la fruta porque es sana, casi siempre es dulce y es fresquita. Me gusta toda, desde el golosón plátano hasta las interesantes fresas o las tradicionales peras. Lo único que no tomo nunca es “melocotones con pelo”, pero no tengo problema con ciruelas y nectarinas.
La dependienta me dijo entonces que el problema es la leche. Yo tomo un par de vasos de leche al día y además, yogures y queso.
Me encanta la leche, la tomo “a palo seco”: un vaso de leche me sabe rico y lo disfruto miles de veces más que un vaso de cocacola, que no me gusta nada. Normalmente tomo leche desnatada, pero no hago ascos a cualquier tipo y marca. Y aquella chica me estaba diciendo que debería dejar la leche de vaca y tomar leche de avellanas o de almendras.
Tuve que soltarle que soy asturiana y que me crié con leche de vacas de verdad.
Yo creo que eso ha creado en mi una necesidad de leche o una adicción, quién sabe. Me gusta el “zumo” de arroz o de almendras, pero de verdad que para mi eso no es leche. No deberían llamarle leche. Yo cuando me levanto por la mañana, quiero mi café con leche, o mi colacao o mi vaso de leche. Leche de vaca.
Creo que me va a tocar asumir el estreñimiento si quiero seguir dejándome el bigote blanco todos los días…
En pie de guerra
Los huesos y tendones de mis pies son complicados, y eso hace que los zapatos normalmente me hagan mucho daño en varios puntos, sobre todo en los tres últimos dedos. No me puedo poner cualquier zapato y si antes, cuando era más joven, resistía unas bailarinas de seis euros, ahora no me puedo permitir esos lujos porque a la mínima de cambio me salen ampollas y me dejo la piel en carne viva. Por eso, ya solo compro zapatos de piel, que sean flexibles (nada de suelas de madera) y que no me queden grandes ni pequeños. Hace unos años, aplicaba mucho la mítica frase de “me aprietan un poco, pero los estiraré”. Ahora ni se me pasa por la cabeza hacer eso.
Me han recomendado ponerme estas tiritas modernas que hay ahora, las compeed. Pero tampoco las puedo usar. Una vez me las puse en la parte de los talones, las tuve dos meses ahí pegadas y al cabo de todo ese tiempo, estaban medio sueltas y llenas de mierda. Al final me las quité y con ellas también arranqué mi propia piel: tuve los talones en carne viva otros dos meses más.
De todas formas, hoy estoy muy contenta. Iba yo por Madrid, con unas sandalias de piel, que me estaban arrasando con el dedo meñique. No es culpa de las sandalias, es culpa de mis pies. Lo sé. Pero hay un momento en el que el dolor se vuelve absolutamente insoportable, como si la sandalia ya no me rozara la epidermis, sino que me estuviera limando, literamente, los axones y dendritas de las terminaciones del dolor. Así que me metí en un Corte Inglés, fui a la sección de deportes y me dispuse a buscar unas flip flops o similares; para al menos poder llegar a casa sin arrastrarme de rodillas.
Y entonces descubrí unas crocs que no son el típico modelo sino que son bastante más femeninas.

Iba con los pies en un estado de dolor absoluto, pero nada más ponérmelas, el pie descansó. Fue como descalzarme en medio del corte inglés. No me las quise quitar más, me las llevé puestas por 23 euros.
No entiendo muy bién cómo, pero a pesar de que llevaba el dedo meñique en carne viva, las crocs no me hacían nada de daño. Pensé que me iban a sudar mucho los pies, porque son de plástico puro, pero no me sudaron en absoluto (y estamos con 38º en Madrid). Así que nada más llegar a casa, busqué información sobre el material del que están hechas y de cómo debo cuidarlas. Al parecer, han patentado su propia molécula, que no es plástico ni es caucho; y se trata de una célula plástica que no se deja invadir por las bacterias (evitando el mal olor) y que se adapta a tus pies, volviendo a su posición normal porque no pierde la flexibilidad. En la suela del interior del zapato hay un montón de puntitos ligeramente abultados, que te masajean el pie mientras caminas (se ven muy bien en la foto).
Pero el detalle más genial, el que más me mola… es que las puedes lavar con agua y jabón.
Recuerdo que cuando salieron al mercado solo había el formato zueco, que son bastante feas y que no sé si me pondría para salir de casa. Afortunadamente, han evolucionado y ahora hay un montón de estilos para todos los gustos, aunque evidentemente, son más bien un calzado casual. Yo tengo claro que no me compro unas bailarinas malas nunca más en mi vida… ¡¡la página web de los zapatos del cocodrilo está llena de modelos super divertidos, incluyendo leopardo, colorines, peep toes… etc!!
Cirugía maxilofacial
Ùltimamente me da por rechinar los dientes mientras duermo y apretar una mandíbula contra otra como si fuera un perro de presa o algo así. Me levanto por las mañanas sin poder abrir la boca y el dolor va disminuyendo a lo largo del día.
Un día no disminuyó y me fui a la doctora, que últimamente me tiene más vista que el TBO porque no paran de pasarme cosas. A mi doctora le encanta enviarme a especialistas, y esta vez ha tocado cirugía maxilofacial.
Inciso: desde que Arol y yo estamos viendo Anatomía de Grey, los hospitales me parecen un mundo interesantísimo. Me parece que Miranda Bailey va a salir de cualquier pasillo rodeada de internos. Lo mejor de todo es que cuando entré en la consulta de maxilofacial, me atendió el mismísimo Mark Sloan: no he visto un médico tan guapo en mi vida. Morenazo de metro noventa, con el pelo despeinado y unos ojos de mirada profunda que me miraban con curiosidad.
Lamentablemente, me dicen que tengo que ir al dentista para que me prepare una férula de descarga y dormir con ella por las noches. Evidentemente nada más llegar a casa corrí a Google para ver exactamente qué es eso y cómo de sexy voy a quedar durmiendo con ese chisme dentro de la boca. Después de ver muchas imágenes, creo que podría ser peor. En Septiembre iré al dentista y desembolsaré alrededor de 300 euritos… todo sea por no convertirme en un doberman mientras duermo!

Protagonistas de mi piscina
Este sábado, Arol y yo fuimos en la piscina. Como cada vez que vamos, nada más llegar estiramos la toalla y nos sentamos un ratito para que se absorba bien la protección solar, el cuerpo se aclimate, y veamos cómo está el panorama. Este verano hemos ido tantos días que ya tenemos algunos “conocidos”, que he decidido llamar los “protagonistas de mi piscina”, una especie de actores secundarios que se convierten en caras familiares según van pasando los episodios:
- la madre pelirroja que tiene dos niños pequeños (se convirtieron en protagonistas de la piscina cuando el menor de ellos salió a toda velocidad del agua afirmando que necesitaba ir al baño porque “mamá, me estoy cagando”; y la madre le dijo que fuera el baño después de repetirle decenas de veces que por favor, se limpiara bien. Al final decidieron que el hermano mayor le acompañara, el mismo hermano que minutos antes le aconsejó que no pusiera mucho interés en limpiarse porque “total, si luego te vas a volver a meter en el agua”),
- el señor mayor que tiene un hijo con síndrome de down y que son la ternura personificada, paseando de la mano alrededor de la piscina y con una conversación de lo más animada,
- el señor de los pellejos, que está delgadísimo pero pellejos de carne le cuelgan por el cuerpo como si hubiera perdido cuarenta kilos en un mes;
- …y la abuela que hace topless, protagonista principal de la historia que nos acompaña hoy.
La abuela que hace topless es una señora de unos sesenta y seis años que llega con su vestido playero y su bolsa de piscina. Extiende su toalla, coloca el bolso a la sombra y chas, se quita el vestido dejando a la vista un precioso bikini blanco con fresas estampadas. Y entonces, saca su protección solar del 4 (del 4!) y se pone crema.
Lo siguiente que hace es tumbarse en la toalla y chas, quitarse la parte de arriba del biquini. No se la vuelve a poner en todo el día, y se pasea, se baña, se va a la ducha… en topless. En algún lugar de mi inconsciente, he descubierto que los cuerpos desconocidos desnudos me perturban, así que intento no mirarla y estar a lo mío: que si mi libro de Angeles Caso, que si me voy a bañar… Pero el sábado pasado fue imposible, porque mientras yo comía un melocotón tan ricamente la abuela del topless empezó a hablarme. Como quien no quiere la cosa, tuve una conversación sobre las prohibiciones de la piscina (está prohibido comer, pero no fruta o helados), cómo los bocadillos atraen a las hormigas, y lo bien que se está pasando el día a remojo.
Una conversación con una señora de sesenta y seis años que me miraba y se dirigía a mí llevando solo unas braguitas blancas con fresas estampadas.

Con estos ojos nos quedamos Oslo y yo…



