Archive for the ‘Lo Nuevo’ Category
¡Que viene el 2012!
Soy una firme partidaria de poner objetivos. Si los cumples, porque es genial la sensación de ir obteniendo cosas. Si no los cumples, porque habrás destinado el tiempo a hacer otras cosas que te gustaban más o te habrás dado cuenta de que realmente, no querías conseguir ese objetivo.

Peleando por Güelita
Mi abuela es mundialmente conocida en parte gracias a muchas de las historias que he contado en este blog. Yo la quiero mucho porque es mi güelita y porque además, es la única prueba viva de que pertenezco a mi familia: no me pareceré a mi madre, ni a mi padre, ni a mi hermana… pero resulta que soy clavada a güelita en las tetas, en el mal genio, en nuestros superpoderes olfativos, en la obsesión por los zapatos, en el amor por la cocina, en el amor propio y el orgullo… y no sigo porque vamos a acabar hablando de lo guapas que somos y tengo miedo que en eso, sea ella la que gane (tiene la nariz más chata que yo).
La cuestión es que Arol ya no tiene abuelos vivos y, no sé muy bien por qué,
resulta que a güelita le encanta Arol (el meu nenín que e marronín, le dice ella). Así que cada vez que vamos a Asturias empiezan a decirse el uno al otro cuánto se quieren. Pero no es que se lo digan una vez, no. Es que el tema comienza desde que tocamos al timbre.
Arol empieza a gritar “mi güelitaaaaa!” y mi abuela le hace los coros con un “el meu arolíiiiiiiiiin” y Arol sigue diciéndole “que guapa estás, güelita” y mi abuela sigue con un “ay, cariño mío, tu si que tas de muy buen ver”. Y yo sigo en la puerta, esperando por un poco de amor de abuela. Y a veces les meto caña y yo también grito a todo pulmón “¡¡¡¡que es mi güelitaaaaaa!!!!” mientras me abro paso entre la muchedumbre y me acerco a darle un beso a mi güelita.
Y mi güeli se ríe feliz y a veces se seca los ojos porque le salen lágrimas (seguramente estaría cortando cebolla para preparar su famoso pollo a la wela, no importa a qué hora la visites, ella siempre está cocinando algo que te obligará a probar). Y yo pienso que es guay tener una güeli por la que pelearte, una que es tan chachi y tan famosa que todo el mundo la quiere tener de abuela. Y me río secretamente porque es mi güelita y no la pienso compartir… bueno, solo con mis veinte primos y primas que también tienen derecho a un poco de güeliteo.
Carta a los Reyes Magos
La verdadera carta que he escrito a los Reyes Magos está escrita a todo color y colgada del árbol de Navidad, pero ya que estamos, también querría compartirla en el blog. Este año, como todos los demás, he sido persona. Eso significa que a veces fui buena y otras veces no tanto, pero intenté tomar las mejores decisiones posibles con la información que tenía en cada momento.
Mi lista de regalos de Navidad es la siguiente:
Me gustaría un par de zapatillas de deporte que sirvan para correr en la cinta del gimnasio y para hacer elíptica y todas esas cosas cansadas que me empiezan a gustar. Las que tengo son de la EGB, cuando hacía Educación Física en el colegio. No existe calzado más duro en el mundo, teniendo en cuenta que las tengo desde hace más de 14 años, empiezo a pensar que son irrompibles.
Unos guantes para horno. Últimamente el horno me está dando mucho juego (berenjenas rellenas, muffins, scones…) y verme sacar las bandejas podría ser parte de un capítulo de Seinfeld.

Siguiendo con la vena cocinera, no estaría mal que me trajeran una olla de silicona de esas que sirven para cocinar cualquier cosa al vapor en el microondas. ¡Son geniales! Y podría hacer tortilla de patata… ¡¡sin tener que freír las patatas!!

Por último, algo con lo que llevo soñando muchos meses. Lo veo en muchas tiendas y me resisto a comprarlo porque siempre pienso que en realidad no lo voy a usar tanto y que tengo miles de ellos en casa… Me refiero a un pack de bolis de colores, de los stabilo octogonales de toooda la vida.

Aunque también me sirven los Triplus de Staedler (el otro día me compré uno azul para escribir las postales de Navidad y me encantó).

Y ahora a cruzar los dedos y a esperar que los Reyes pasen por aquí…
La cena de Navidad de mi trabajo
Soy afortunada porque en mi empresa todavía se hace una cena de Navidad. Muchas empresas ya no tienen ese extra navideño porque la crisis económica ha hecho que no se lo puedan permitir, o en el peor de los casos, porque han cerrado y ya no existen. Yo he tenido una cena (pagada) con mis compañeros todos los años desde que trabajo aquí.
Este año el tema de la cenita se hacía todavía más peliagudo porque a finales de Noviembre se destaparon (¡por fin!) los planes para España y desafortunadamente, decidieron prescindir de un 60% de las personas. Yo en concreto no he sido impactada, pero el ambiente en la oficina no es que sea precisamente de cantar villancicos. Muchos compañeros se quedan en la calle, y aunque te lleves la indemnización, el paro y tralará, es un palo. Todavía me acuerdo de cuando me ocurrió a mí y al principio no fue nada divertido.
Cuando este año se planteó el cómo, dónde y cuándo de la cena, a nadie le apetecía ir. Pero luego, unos pocos empezamos a comentar el lado positivo: “es como una fiesta de despedida”, “hay que estar apiñados”, “va a ser la última cena para muchos compañeros”, “tenemos que quitarnos este mal sabor de boca”… Reconozco que abanderé la revolución de la cena de Navidad, y poco a poco la gente se fue animando. Al final solo faltaron ocho personas, ocho compis que todavía se sentían demasiado dolidos como para asistir. Hay que respetarlo.

Si os digo la verdad, creo que ésta ha sido la mejor cena que hemos tenido nunca jamás. La gente estaba viviéndolo como si fuera la última cena de Navidad, y no había tiempo que perder en apariencias o en quejas absurdas sobre el punto de la carne. Me compré un vestido de fiesta para estar impecable, y me maquillé a la altura del evento. Mis compañeros masculinos no escatimaron en piropos al verme llegar, y es que no los tengo acostumbrados a tanto outfit elegante. Todos escogimos con esmero con quién queríamos sentarnos, porque quizá era la última oportunidad de escuchar los chistes malos de ese compañero, de oir hablar de sus hijas a esa compañera, de compartir las andanzas por los cotos de caza de un tercero… Durante la cena, hubo muchas historias de los viejos tiempos que me hicieron reír un montón y me dí cuenta de que todavía hay esperanza: todavía podemos tirar de esto hacia adelante, si los grandes jefes confían en nosotros y nos dejan.
Mi primer polvorón de esta Navidad
Lo mío con los polvorones es la típica historia: de pequeña no podía verlos, porque me parecían pastosos y demasiado secos. En aquel momento de mi vida, el producto navideño con más ventajas era sin duda el turrón de chocolate (no tenía ni un pelo de tonta, eh?). Sin embargo he ido creciendo y las papilas gustativas han debido de cambiar. Ahora soy una fan de los polvorones.
No me gustan los experimentos raros de limón, chocolate, roscos de vino y demás zarandajas. A mí me gustan los polvorones tradicionales, que se hacen con almendras. Si no, no me los como porque no me gustan esos sabores artificiales raros que les meten los fabricantes, por no hablar del envoltorio que les ponen muchas veces.
Un polvorón de los de toda la vida está hecho con harina, azúcar, manteca y almendra. Tiene unas 150 calorías (una unidad), lo cual es bastante peligroso porque tengo que conservar mi tipo fino y entonces no puedo abusar, (aunque me encantaría hacerlo). Por eso, normalmente los compro a granel, es decir, por unidades. De momento hemos comprado seis, y me tienen que durar hasta Nochevieja como mínimo (tened en cuenta que Nochebuena la pasamos en Asturias).
Y por supuesto, un polvorón de toda la vida, tiene que estar envuelto en papel de seda, con los dos rabos bien largos a cada lado para poder desenvolverlo mejor.
Os dejo una receta de Su, que dice que no hay marca comparable a sus podvodonez cacedoz. Parece totalmente apta para una ortodoxa de los polvorones como yo, ya que tienen un poquitín de canela y de anís, pero son polvorones normales, sin saborizantes raros. Todavía no he intentado fabricármelos yo misma, pero si me animo, haré una crónica. De momento, ahí va la foto en mi sofá con el primer polvorón de esta Navidad.

Comer en Santander: el Picos de Europa
No hay nada como visitar una ciudad con alguien que la conoce al dedillo. Con Santander tenemos mucha suerte porque tenemos guías locales, que no sólo nos tratan como la créme de la créme, sino que además, nos llevan a sitios que están a la altura. Y es que a veces, puedes tener suerte descubriendo un sitio para desayunar, pero como te equivoques, te puedes llevar una decepción muy gorda y que encima, la frustración se contagie a la ciudad.
Cuando estuvimos en Santander, para comer nos llevaron al Picos de Europa. Muchos lo llaman el “Vips de Santander”, porque su carta se parece mucho a la de los resturantes Vips que hay en algunos puntos de España: platos sencillos pero que te sacan del paso, como sandwiches, bocatas, hamburguesas, un menú del día competitivo, etc. Además, tiene la ventaja de que está muy céntrico, con lo que es fácil llegar a él mientras estás recorriendo la ciudad.
Yo pedí una hamburguesa de pollo a la barbacoa y me sorprendió muchísimo. Me esperaba que fuera de pechuga de pollo, pero no, era de hamburguesa de pollo. Eso se agradece, porque a veces una se cansa de tanta pechuga a la plancha. Además, tenía salsa barbacoa, que le daba un sabor muy diferente. Para ser una persona que no disfruta mucho con las carnes, hay que decir que la hamburguesa del Picos de Europa me encantó. Me acordé mucho de mi amigo Luis, que es un profesional de las hamburguesas y le hice muchas fotos a la mía, para poder enseñársela y que me diera su opinión. (Va por tí, Luisete!!)
Esta es la hamburguesona tal y como me la trajeron: ¡el pan es de verdad!
Esto fue lo que ví cuando la abrí: ¡cebolla caramelizada y salsa barbacoa!
Y aquí tenemos a Meli con su hamburguesa, que era igual a la mía.
Compartí con mis comensales una ensalada de tomate con ventresca de bonito del norte, que me supo a gloria. Y para terminar, un cafetín que estaba muy rico. Nos dejaron una sobremesa todo lo larga que quisimos, y luego nos fuimos a seguir paseando por la infinidad de Santander (por algo le dicen Cantabria Infinita, no?).
Desayuno en Santander: El Mercado
En el puente de la Inmaculada (que parece que fue hace siglos, pero es que se me acumulan las cosas que escribir) fuimos también un par de días a Santander. Visitamos amigos, tuvimos el honor de comer una comida italiana casera que, con vuestro permiso, me reservaré para otro post porque merece todo el protagonismo. Solo diré que soy muy afortunada por tener tan buenos amigos y amigas.
Nos quedamos en un hostalito la mar de salado del centro de la ciudad, el Magallanes. No incluía desayuno, así que a las nueve de la mañana salimos escopetados con auténticos retorcijones de hambre para poder buscar un sitio para desayunar. Pero como soy así con los desayunos, no me vale un cortado y una barrita: yo necesito gasolina por las mañanas.
Muy cerca de nuestro hostal, está el principio de la Calle Burgos (una de las más céntricas y bonitas de la ciudad). Justo en los bajos del edificio que es sede de la ONCE de Santander, hay un café llamado “Café del Mercado”. Tenían una pizzara con algunas sugerencias fuera del local y decidimos acercarnos a ver qué se cocía. Antes de sentarnos, pregunté cuánto costaba el desayuno “completo”, que constaba de un café, un zumo de naranja y una pieza de bollería o un pincho. La chica me dijo que 3 euros y con ese precio, nos convenció.
Yo disfruté de mi cafetín (mediano, como debe ser, no como en Madrid que yo creo que cada vez te lo ponen más chiquitín, dentro de poco te darán un caramelo de café y hala, un euro veinte), un zumo de naranja casero, hecho con naranjas reales y un “pincho” de tortilla de bonito. En realidad, era una minitortilla tal cual, buenísima, con bonito a puñados. Estaba todo buenísimo y por tres euros, yo no me lo podía creer.

Riquísimo, baratísimo y en una de las ciudades más bonitas del norte de España. ¿A que soy una chica con suerte?
¿Y si me toca la Lotería de Navidad?
Todos los Diciembres me permito soñar y por eso, suelo tener algún número de Lotería de Navidad. A veces es un décimo entero, otras veces es una participación. La cuestión es levantarse el 22 por la mañana pensando “y si”. ¿Y si me toca? ¿Qué es lo primero que haría? ¿En qué me gastaría el dinero?
Muchas personas responden a esas preguntas diciendo: “pues yo me compraría un piso en Chamberí y el resto para lo dejaría para algún viaje o algún capricho”. En mi caso es justo al revés: me compraría un billete de vuelta alrededor del mundo y el resto lo pondría en nuestra cuenta de ahorro.
Mi reacción inicial creo que sería llamar a mi familia para decirles que me ha tocado (seguramente primero a mi madre y después a mi abuela). Les haría una generosa transferencia a cada uno, porque compartir es vivir. Pasaría la Nochebuena en Asturias, como cada año, porque hay cosas que son inamovibles.
Y el 1 de enero de 2012 Arol y yo nos despertaríamos en una habitación desconocida en Kuala Lumpur, Bombay o cualquier país de mi enorme lista de lugares pendientes de visitar. Este año sólo he jugado un décimo a medias con una compañera de trabajo. Anda que como me toque… ¡¡vais a tener muchos posts de viajes!!
Ansias de Blog
Yo siempre he sido muy de escribir. Debo ser la única pringada del mundo que empieza en Agosto a pensar cómo serán las postales de Navidad que planea enviar. Creo que soy la única turista del mundo que sigue enviando un montón de postales cada vez que pone el pie en una ciudad nueva. Por no hablar de los diarios de viaje, de las cartas a mi abuela… Por eso en cuanto descubrí el mundo de los blogs, supe que esto era cosa mía. A mi me gusta contar cosas aquí, cosas de esas que no caben en una postal o que a mi abuela no le interesan.
(os pongo una foto de mi güelita porque sé que venís al blog para verla a ella)
Últimamente ando con ansias de blog. Contenta de tener un blog y de no haber pasado completamente de él cuando algún desalmado subió una foto mía a un grupo bastante ofensivo de facebook. Y me apetece un montón escribir y contar miles de millones de cosas; y aprender a instalar un plugin tan guapo como el que podéis ver ahora al final de cada entrada, donde os remite a las “entradas relacionadas”. Me tuvo que ayudar un poco Arol, pero era el primer plugin de mi vida de entradas relacionadas, el próximo lo instalo y lo configuro yo sola (y pongo a Dios por testigo que me encanta lo de las entradas relacionadas porque hasta a mi misma me recuerda posts que ya había perdido en el fondo de la termomix).
Me acuerdo que hace unos años, tenía yo chorrocientas visitas. Me chorreaban los visitantes y no me daba tiempo a conocerlos a todos y a saber quién era quién y por lo menos el color favorito de cada uno. Una escritora de blog que se precie tiene que saber como mínimo el color favorito de la gente. A fecha de hoy, ando por las mil cuatrocientas visitas al mes (46.6 periódico puro al día, pobre del periódico). Es decir, que me leerán unas cuarenta personas.
Y cuarenta colores favoritos sí que puedo memorizar. Y me presta por la vida hacer plugins guapos para el blog.
¿Un Nespresso?
Uno de los regalos que recibimos cuando nos casamos fue una máquina para hacer Nespresso. A Arol y a mí nos encanta el café y disfrutamos mucho tomando uno al final del día, juntitos en el sofá, mientras vemos algún capítulo de una serie o un trozo de peli.
Mi favorito de siempre es el Capriccio, que tomo con mucha leche y tres pastillitas de sacarina. Arol prefiere el Roma, y le gusta con muy poca leche y sin nada de azúcar. Me hace gracia porque el mío es verde y el de él, marrón. Como un árbol. Perfectamente compatibles.

Cuando hago tiramisú, utilizo exactamente diez capsulas de ristretto, que es el de color negro, el más intenso. Voy remojando los bizcochos en el café, recién hecho con la máquina, y el resultado es perfecto cuando se empapan bien.
Y ahora tenemos los especiales de Navidad. Cada año salen tres nuevos, y para despedir al 2011 Nespresso nos ha preparado un café con aroma de cacao, otro con aroma de flor de vainilla y un sorprendente tercero de… cereza.
El de cacao me gusta mucho. Es como si comieras junto al café una onza de chocolate puro, de esas que tienen el 99% de cacao. Se percibe muy bien el sabor amargo del chocolate junto con el sabor del café. Yo lo tomo con leche y sacarina y aún así, el sabor persiste.
El de vainilla lo hubo también las Navidades pasadas. Es más ligero que el anterior, y creo que se nota la vainilla sobre todo al olerlo. Para mi gusto, está mejor con leche que sólo, y me recuerda un poco al incienso de vainilla de Natura (asociaciones raras que hago en mi cabeza!)
El de cereza ha sido el reto y la sorpresa de este año. Lo probé con leche y azúcar y es el primer café de mi vida que no sabé a café. Sabe a caramelo de cereza, es como si hubieran puesto un montón de sirope. No me ha gustado mucho y no he comprado ni siquiera una cajita de diez cápsulas: con tomarlo en la invitación que nespresso te hace, ha sido suficiente.
¿Apetece un nespresso?

Esta es la hamburguesona tal y como me la trajeron: ¡el pan es de verdad!
Esto fue lo que ví cuando la abrí: ¡cebolla caramelizada y salsa barbacoa!
Y aquí tenemos a Meli con su hamburguesa, que era igual a la mía.
(os pongo una foto de mi güelita porque sé que venís al blog para verla a ella)


