Archive for the ‘La vida es asi’ Category
Cuando me visitan en Madriz

Una de las cosas favoritas de vivir en Madrid es cuando me visitan. Me encanta tener visitantes porque dan a mis fines de semana un toque completamente diferente. Es verdad que tanto no parar hace que el lunes vuelva al trabajo agotada, pero sin duda alguna, merece la pena. Prefiero que se queden en mi casa a que estén en un hotel, porque eso me da más libertad para darles de desayunar lo que yo quiero, quedarme hablando hasta altas horas de la noche o enseñarles las fotos y el videodocumental de nuestro último viaje. Evidentemente, no siempre puede ser (sobre todo porque vivimos en un apartamento de una sola habitación), así que a veces hay que dormir separados de nuestros huéspedes (afortunadamente no mucho, porque cerca de mi casa hay unos cuantos hoteles de primera).
Lo que más me gusta enseñarles es el Paseo de la Castellana, la parte que va desde mi casa al trabajo. Luego les llevo al centro, recorremos Fuencarral, Gran Vía, Sol… y casi siempre comemos en algún restaurante chic pero asequible, que les deja encantados.
Después yo siempre propongo una visita rápida a algún museo, como el reina Sofía, que los domingos por la mañana es gratuito. Darles la posibilidad de ver el Guernica me parece el mejor regalo que les puedo hacer, y es que es una obra que todo el mundo debería ver, aunque ése es tema para otro post (que escribiré muy pronto). Si hace buen tiempo, el Retiro es otra buenísima opción, igual que subir a la cúpula del Círculo de Bellas Artes y tomar luego un café en su fantástica cafetería. Si son aficionados al fútbol, les llevo al tour del Bernabeu y luego comemos en el restaurante que hay en su interior (con vistas al césped). Si les gustan los mercados, entonces el rastro de Madrid es una parada obligatoria, para luego tomar un pincho en mi vasco preferido de La Latina.
Madrid es una ciudad genial, que ofrece planes para todos los gustos. Definitivamente, ¡la voy a echar de menos cuando no vivamos aquí!
Genial Imagen de Miss Marie Eve
Nuestras tarjetas de familia
Desde hace algún tiempo quería encargar unas tarjetas para Arol y para mi. Algo sencillo pero muy nuestro, con la dirección de nuestra casa, el teléfono y nuestro correo electrónico común. No me decidía hasta que, a punto de cumplir nuestro segundo aniversario, pensé que podría ser un regalo bonito para los dos.
Las hice en Moo y utilicé las fotos de nuestros viajes en la cara delantera. Arol y yo en París, en las cataratas de Iguazú, en Londres… En todas las fotos estamos viajando y salimos los dos juntos. Las pedí con el borde redondeado y en la parte de atrás puse nuestros datos en letra blanca sobre fondo color café. Nos las enviaron enseguida, con su correspondiente cajita negra, y la verdad es que son tan bonitas que me da pena regalarlas.

Las primeras las hemos dado este finde, a nuestros amigos Meli y Pablo. Las han mirado todas y después han elegido las que más les han gustado. Meli se quedó con una en la que estamos en Asturias y Pablo con una de Paraguay. Lo que más me mola es que son unas tarjetas tan “nosotros” que nadie que tenga una olvidará jamás quién se la dió.
Ahora las llevaremos cuando viajemos y a esas personas tan geniales que conocemos en los B&B y lugares más insospechados podemos dejarles una, para continuar con la relación. La verdad es que parece que no es una costumbre que se haya mantenido en el tiempo (recuerdo que mis padres tenían tarjetas), pero confieso que a pesar de todo, yo todavía soy muy de papel…
Mi primer pintalabios rojo
Desde hace algunos meses pensaba en comprarme un pintalabios de color rojo. Me había probado unos cuantos en los stands de cosmética de los centros comerciales, pero la verdad es que produce un cambio tan grande en tu cara, que me sentía muy extraña. A ratos parecía que era una payasa a punto de actuar en una fiesta de cumpleaños infantil, y a otros ratos me parecía que no es un color compatible con mi tono de piel y mis facciones. Pero ¡ay amigos! Cuando algo se me mete entre ceja y ceja no hay quien me pare… quise ir a Rumanía y fui, quise a Arol y lo conseguí y… si quiero un pintalabios rojo, os aseguro que lo tendré.
Aprovechando la hora de comer del trabajo fui al stand de MAC de un corte inglés y le expliqué a la chica mis intenciones. Un pintalabios rojo que me dé personalidad, pero sobre todo elegancia. Que combine con mi piel, que no me haga parecer una señora mayor. Y por qué no, que me haga creerme un poco más sexy (y es que todo es cuestión de actitud).
Había aproximadamente unos quince tonos de rojo en el mostrador y la dependienta, después de observarme atentamente, no lo dudó. Alargó su brazo y me dijo “este es tu color”. Un rojo algo “retro”, mate y de nombre ruby woo. Le pedí que me lo probara y me sentó en una silla. Me perfiló los labios primero y luego me pasó el pintalabios. Me miré al espejo y…
Un restaurante asiático y vegetariano
En España, no sé muy bien por qué, los vegetarianos son la estricta minoría. Es raro ser vegetariano. Conozco muy pocas personas que siendo españoles criados en España se hayan decidido por ese tipo de alimentación. ¿Será por el jamón serrano? ¡Quien sabe!
El otro día Arol y yo andábamos por el centro de Madrid y se hizo la hora de comer. Íbamos camino a Public, uno de mis restaurantes preferidos del centro, pero antes de llegar nos encontramos con un asiático que era vegetariano y decidimos probar.
Llegados a este punto creo que he de aclarar que mi naturaleza me hace rechazar generalmente la carne roja. Prefiero el pollo a cualquier otra carne y si hay pescado mucho mejor. Me encantan los huevos y la leche; y cuando era una adolescente (alrededor de los 18 años) tuve una época en la que me declaré vegetariana ovoláctea y fui feliz.
En el asiático vegetariano disfruté como una enana: tempura de verduras, tofu cocinado como si fuera carne, arroz y lo más increíble: sushi de zanahoria. Tuve que mirarlo dos veces porque no sabía si era salmón. Estaba muy bueno, porque como la zanahoria tiene un sabor bastante más suave que el salmón; eso te permite disfrutar del arroz mucho más intensamente. También había makis de verduras: pepino, aguacate, pimiento.

¿Algún día volveré a ser vegetariana? La verdad es que no lo sé. A veces me gustaría, pero creo que éste no es un país preparado para desenvolverte normalmente sin comer carne.
El recetario de Mirichan
Cualquier familia que se precie tiene dos o tres recetas que van pasando de generación en generación. Las mujeres más jóvenes recopilan esmeradamente esas recetas en un recetario más o menos apañado que algún día, piensan, regalaran a sus hijas o en todo caso a la primogénita en caso de que n>1 (disculpen el sexismo bienintencionado del relato, pero hasta el momento jamás he conocido un hombre con recetario bajo el brazo).
Yo hice mi recetario personal con apenas 20 años. Sabía que al año siguiente me iría a vivir a Valencia y no sabía cocinar. Así que en un cuaderno cualquiera, fui apuntando las recetas de mi familia: la tarta de queso de mi tía Belén (nunca comeréis una igual), los míticos macarrones con salsa de carne picada y tomate de mi madre (parecidos a la boloñesa, pero mucho más contundente y rica), las sopas de ajo (simplemente sublime), la crema de marisco de mi tía Maricarmen… y algunas otras recetas comunes a toda la familia, como la fabada, el caldo gallego de berzas o el arroz con leche. En total, custodia quince recetas.

Ya va cumplir diez años y me ha acompañado por todas mis casas. Está manchado de vivir en la cocina yalguna vez me he planteado cambiarlo por uno bonito y pasar a limpio las recetas (algunas están escritas a toda velocidad). Pero entonces, ya no sería aquel recetario que empecé justo antes de irme de casa de mis padres. Y ese detalle, mola.


San Valentín

Cuando preparé el post de las rupturas no me dí cuenta de que San Valentín es precisamente hoy. La verdad es que por una parte, más oportuna no podría ser. Por la otra parte, mas inoportuna tampoco; y es que manda narices, todo el mundo hablando del amor y yo contando el mensaje de la ruptura. Pero en fín, son dos caras de la misma moneda.
Rondando por flickr he descubierto a una artista que pinta acuarelas (siempre me encantaron las acuarelas, no sé por qué) y que “regala” tarjetas de San Valentín digitales para que envíemos a nuestros amigos, familiares y parejas. De todas las que tiene creo que mi preferida es la que ilustra este post, y es que pienso que el amor es muchas veces eso. Escuchar (tanto a ti mismo como al otro, escuchar de verdad, no pensando qué es lo que vas a responder, escuchar sin prejuicios). Crecer (juntos mejor que por separado). Amar (sin reservas y sin tener miedo, y es que hay que ser altamente valiente).
Feliz día de San Valentín. ¡No olvidéis llevar algo rojo!
Volverás a ser feliz: las rupturas
Un gran amigo mío me enseñó una frase que encierra mucho más de lo que parece a primera vista. “Nada de lo humano me es ajeno”. Siete palabras que resumen la complicidad que nos une con el resto de seres humanos del mundo.
En el aeropuerto de Lisboa me compré una revista para leer en el avión. Una de esas publicaciones escritas por y para las mujeres. Una celebrity contaba su forma de afrontar y superar las rupturas sentimentales. Decía que una de las cosas que más le había ayudado en el pasado era pensar que “volvería a ser feliz”. Saber que todo el dolor pasará y que volverás a ser tú de nuevo.
Evidentemente no tengo la vida sentimental de una celebrity, pero nada de lo humano me es ajeno: yo también he pasado por ahí y he vivido el abandono, la soledad y la tristeza. En mi caso, lo que más me reconfortaba era pensar que siempre me tendré a mi misma. Pase lo que pase, me dejen o me quieran hasta el fin de los tiempos: la única persona que me puede garantizar que siempre estará a mi lado soy yo. Hasta la misma muerte.
Cuando te das cuenta de ese pensamiento, muchas cosas adquieren un sentido central en tu vida. Por ejemplo, la expresión de “yo me cuido” es literal. Eso de “quiérete a ti misma” también cobra una importancia máxima. Voy a estar toda la vida conmigo, más vale que me trate bien y esté feliz siendo yo. Y si no es así, no es tarde para cambiarlo. ¿Qué cosas puedes hacer para cuidar y mimar a la persona que estará siempre contigo y que nunca te fallará durante el resto del tiempo que te quede de vida?
Cuando, desafortunadamente, me toca ser espectadora de una ruptura en mi círculo más íntimo, ese es el pensamiento que intento transmitir. Ágarrate a ti misma, reconstrúyete, piénsate, hazte feliz. Nadie tiene la obligación de hacerte feliz, ese es tu propio deber.

Café de media mañana
Yo les digo a mis compañeros de trabajo que trabajo tanto no porque me guste trabajar mucho. Lo hago porque secretamente, yo pertenezco a un equipo de alto rendimiento. Una especie de atletas del business as usual que rinden por encima de la media. ¿Puedes tú jugar al tenis como Nadal? ¿Puedes ser un ciclista como Lance Amstrong? Bueno, pues yo soy uno de ellos. Y por eso para mí la palabra marrón no existe. Y por eso, evidentemente, me los como todos. Pero no me importa.

A media mañana siempre me doy una pequeña pausa para tomar un café. No sé cómo no he posteado antes sobre la máquina de café del trabajo. Y sobre mi taza (mug) que me regalaron unos compañeros hace un par de años. I <3 Spreadsheets. Me define más que cualquier cosa, porque sí, yo todo lo quiero hacer en excel.
Como equipo de alto rendimiento, en la oficina tengo café, infusiones, leche, galletas de mil tipos y frutas gratis, pagado por la empresa. Necesito estar alimentada para poder rendir al máximo: si quiero un plátano no puedo concentrarme porque me tengo que comer un plátano. Así que me levanto, voy a la cesta de frutas y me como el plátano. Y luego vuelvo a mi silla y lo doy todo, hasta el último suspiro.
Niños alemanes
Todos los que me leeis / conocéis sabeís que me gusta viajar a lo cutre. Primero, porque me da pena gastarme el dinero en un hotelazo de cinco estrellas: siento que no lo disfruto, que no paso las suficientes horas aprovechando las instalaciones. Después, porque supongo que mis huesos todavía son jóvenes de sobra para prescindir de ciertas comodidades durante algunos días. He de decir que cuando era todavía más joven que ahora viajaba siempre a campings y dormía en tiendas de campaña. Ahora eso parece poco probable que ocurra, prefiero un bed and breakfast barato que al menos, tenga una cama.
En Lisboa nos quedamos en un B&B que estaba bastante bien situado (en la Plaza del Marqués de Pombal, por si alguien conoce la ciudad) y en donde una habitación con una cama grande nos costó 25 euros cada noche. El baño era compartido y el precio incluía desayuno (que no era un buffet libre pero estaba bien).
Lo único que verdaderamente no me gustó del B&B era que no tenía calefacción (bueno, nos dieron un miniradiador de aceite que no era capaz de incrementar la temperatura) y por la noche hacía frío (la cama tampoco tenía precisamente un edredón a la altura).
Pero lo que de verdad nos arruinó la experiencia y que ha hecho que nuestra opinión del B&B sea mucho más negativa de lo que objetivamente se merece, fueron los huéspedes con los que compartimos estancia. Se trataba de dos familias alemanas que en total tenían 4 niños de edades entre 6 y 8 años. Compartir alojamiento con niños no es malo en sí mismo (todavía recuerdo a l bebé con el que estuvimos en Brujas, o a la niñita que era un ángel en Buenos Aires), pero cuando los niños están salvajes y sus padres son incapaces de hacer que sus hijos les obedezcan, entonces es lo peor que te puede pasar.
Arol y yo llegamos al B&B a las 12 de la noche del jueves. Estábamos muy cansados (todo el día trabajando, un vuelo por la noche, llegar a una ciudad desconocida…). Intentamos hacer el menos ruido posible y nos fuimos directos a dormir (no hicimos ni check-in ni nada en la llegada, para molestar lo menos posible). A las seis de la mañana, yo oí pasos en el pasillo: era un niño que se levantaba a hacer pis con su madre. Me molesta, pero lo entiendo: los niños no pueden aguantar tanto como yo, que he seguido una estricta formación de aguantar el pis toda la noche a cargo de mi abuela.
Se ve que a las seis de la mañana los niños ya no se pudieron volver a dormir (y consecuentemente los padres tampoco). Así que empezaron a hacer viajes al baño para lavarse la cara, ducharse, vestirse… Me molesta, pero de nuevo lo entiendo: son niños y sus horarios son diferentes.
Lo que no entiendo es que mientras los padres se aseaban, los niños empezaron a jugar al escondite en el pasillo del B&B, a las siete de la mañana. Risas, gritos, cuentras regresivas de diez a uno en alemán, alboroto cuando encuentras a tu amiguito Jens. Esperé pacientemente a que algún adulto llamara la atención de los pequeños, pero parecía que eso no estaba en el guión. Diez minutos después, cuando Jens ya había contado tres veces, me levanté de la cama. Abrí la puerta de nuestra habitación y en bragas me quedé en medio del pasillo con los brazos en jarras. Los niños fliparon. Con tan buena suerte que una de las madres salió del baño y también flipó al verme. No le dije nada, pero con mi mirada acompañada de mis pelos de leona, mi look en bragas y mi cara de sueño no había mucho más que añadir. Ella tampoco me dijo nada (un sorry hubiera estado bien) y metió a los niños dentro de su habitación, donde pienso que deberían haberse quedado desde el principio, haciendo alguna cosa que les mantuviera entretenidos, mientras su madre se arreglaba.
Esa fue la primera de muchas faltas de respeto al resto de huéspedes que esas familias se dieron el lujo de permitir a sus hijos durante el fin de semana. Canciones infantiles a pleno pulmón a las seis de la mañana. Llenar a sus hijos las tazas de leche (que me parece bien, que los niños tienen que tomar mucha leche, yo soy asturiana y es la base de mi dieta), pero cuando terminan la jarra, no se molestan en ir a por más a la cocina. Me toca a mí ir a por más leche, si es que quiero tomarla, claro.
Yo entiendo que ser padre no significa que puedas controlar a tus hijos el 100% del tiempo. Sé que hay niños que son más inquietos que otros (tengo quince primos más pequeños que yo y ninguno es igual al siguiente). Pero que tus hijos jueguen a las siete de la mañana al escondite y no te molestes en decirles nada ni intentes excusarte conmigo me parece que te deja en el lugar que te mereces como padre. Lo que me da más pena es que eso también va a dejar en el mismo lugar a tus hijos y probablemente, a los hijos de tus hijos.

Tapón de cera
Mañana empezaré a contar todo lo que hicimos y vimos en Lisboa. Hemos pasado allí cuatro días geniales y estoy extasiada con la ciudad, aunque no ha sido el mejor viaje de aniversario de nuestra vida (comentario bastante superfluo, puesto que hemos tenido solo dos), lo hemos pasado bien.
Pero antes de entrar en detalles viajiles quiero contar, en primicia, que tengo un tapón de cera alojado en el interior de mi oido izquierdo. He cogido un poco de catarro y entre eso y el despegue y aterrizaje del avión de vuelta a Madrid, me he quedado completamente sorda. No oigo nada por el lado izquierdo y aunque el lado derecho intenta que no me quede incomunicada con el mundo, no lo consigue del todo.
Como siempre que se me tapona un oido, intento sacarme yo el tapón. Nunca aprendo la lección: lo mejor que puedo hacer es no tocarlo y acudir a la consulta del médico para que me lo saque. He empleado aproximadamente ocho bastoncillos, que han salido rebozados en esa cera color marronuzca, y no ha habido suerte. Así que toca visita al otorrino para que me desatasque. Me pregunto qué cantidades masivas de suciedad nos entran en los oidos para que la cera salga de semejante color. Es que ni las abejas, que se pasan la vida retozando por los pistilos de las flores, llegan a su casa-colmena tan sucias para secretar la cera de ese color.
A veces, me dan ganas de retrasar maliciosamente la visita al otorrino, porque como me quedo completamente sorda, oigo muchísimo silencio. Y es genial. No sé si la gente me habla a mí o lo que oigo son rumores, y me escucho respirar por dentro. Llegado el caso, puedo hacerme la loca y decir eso de “lo siento, no te he oído, es que tengo un tapón de cera”.




